Breda viene a desayunar
con nosotros el último día. Se ha comprometido a recoger nuestras maletas en el
hotel, guardarlas en su coche, quedar con nosotros más tarde en el City Hall y
devolvérnoslas cuando cojamos los taxis para el aeropuerto. Todo corre por su
cuenta.
Es lunes por la mañana.
Breda tiene que trabajar, pero pide permiso para ser nuestra anfitriona hasta
el último momento.
Aparece en recepción con
una montaña de camisetas de su campus de verano para las chicas. Es otro
regalo.
Hacemos proyectos
mientras nos sirven el café. Ahora sé que estoy delante de una persona que no
sueña en vano. Siento que no puedo fallarle, porque ella no nos ha fallado a
nosotros. Me gusta esa sensación de querer hacer posible cualquier plan.
Cogemos el bus hasta el
City Hall. Nos hacen una pequeña visita guiada. Le explico a nuestro guía que
aligere la ruta porque las chicas están cansadas, aunque en realidad están
deseando ir de compras.
Ya no llueve. Recorremos
Donnegal Place. Buscan el souvenir perfecto para familia, para amigos y para
ellas mismas. Les recuerdo que Belfast es el Titanic, que la Guinness es
Dublín. Tienen una hora, pero se les hace corta.
A la una y media, puntual
como siempre, Breda nos espera con las maletas junto a dos taxis. Nos despedimos de ella. Hasta pronto, espero.
Los taxis son dos furgonetas negras con capacidad para nueve pasajeros. Me hacen pensar en el Equipo A.
Los taxis son dos furgonetas negras con capacidad para nueve pasajeros. Me hacen pensar en el Equipo A.
En nuestro furgón, suena música
de Noel Gallagher. No es Oasis; es él en solitario, nos explica el taxista. Su voz tristona nos aleja de la ciudad. Por primera vez, salimos del centro de Belfast a la luz del
día. Por primera vez, vemos algún rayo de sol. La hierba brilla con un verde
reluciente. Hay vacas y ovejas. Muchas.
En los semáforos, vemos
que el otro taxi se balancea de un lado a otro. Hay música y bailes dentro. Seguro que no están
escuchando a Noel Gallagher.
Antes de facturar, Alba
se da cuenta de que ha perdido su móvil. Seguramente esté en el furgón de Noel
Gallagher. En ese punto, tenemos dos opciones: darlo por perdido o llamar a
Breda. Optamos por la segunda. Y quince minutos después, el taxi vuelve al
aeropuerto y Alba recupera su móvil.
Breda está cada vez que
la necesitamos. Hasta el final.
Pasamos el control de
seguridad sin apenas incidentes. Sólo nos confiscan un móvil, nos cachean y nos
registran un par de maletas. Nada grave.
Contamos las libras que nos quedan. Guardamos los billetes y gastamos las últimas monedas comprando a la carrera chocolatinas y chicles para el viaje. Un despilfarro en miniatura.
Contamos las libras que nos quedan. Guardamos los billetes y gastamos las últimas monedas comprando a la carrera chocolatinas y chicles para el viaje. Un despilfarro en miniatura.
El avión despega puntual
y parece que todos los pasajeros están sanos. Esta vez.
Pongo el iPad sobre la
mesita del avión y me pregunto cómo contar lo que hemos vivido. No es fácil. Me
vendría bien ayuda. Entonces me doy cuenta de que todas están dormidas.
Dormidas. En silencio,
por primera vez en cuatro días.
Son un grupo fantástico. (Ahora
que duermen, más todavía.) En serio. Lo llevo pensando todo el fin de semana,
pero no se lo he dicho a las chicas en ningún momento. Para que no se viniesen
arriba. Prometo hacerlo antes de despedirme en el aeropuerto.
Juntas podrían ir al fin
del mundo; esta vez han llegado hasta Belfast. Se dice rápido.
Ahora vuelven. De un
viaje. De una experiencia. De una aventura. De un torneo de baloncesto. Y todo
ha ido muy bien. Mejor de lo esperado. Mejor de lo soñado.
