El Methodist College es
un recinto gigantesco. 150 años de antigüedad. Varios edificios rodeados de
césped. Ladrillo rojo y pórticos de piedra. Si apareciese Harry Potter, nadie
se extrañaría.
Es la sede del torneo
senior. Hay otro campeonato junior paralelo en otro lugar de Belfast. Al día
siguiente, está previsto que las finales se jueguen aquí. Nos han puesto en la
pista principal.
El pabellón es una
construcción anexa. “Sport Hall” suena mejor que “pabellón”. Es más moderno que el
resto de las instalaciones. Es modesto. Me hace pensar en el de Canteras. Buenos
recuerdos.
En los pasillos se ven
vitrinas con trofeos y las paredes están cubiertas de fotos de equipos del
instituto ganadores en diferentes deportes. Algunos parecen inventados. Fotos descoloridas
con marcos de madera y cristales empañados. Siempre en la misma pose. Siempre
en la puerta principal del Methody. A primera vista es difícil saber si son
actuales o tienen cincuenta años.
Todos los que aparecen
tienen en común la ropa ridícula y la sonrisa orgullosa. Tradición.
La organización habilita
una de las aulas y la convierte en cafetería. Para nosotros. Preparan tostadas
y emparedados. Traen magdalenas y galletas. Hay café, té y una especie de
bebida de naranja a base de concentrado diluida en agua.
Es un menú excepcional
por 1’50 libras, aunque también aceptan euros. 2 euros al cambio. Porque somos
nosotros.
Breda me dice que, ante
la baja de Galway, quiere organizarnos un partido contra la selección de
Irlanda al día siguiente. Me pregunta qué me parece. No sé cómo se dice “la hostia” en inglés,
así que sólo respondo “brilliant”.
Tras el último partido del sábado, Lucía
y Sabela quieren ir a la cafetería, pero ya está cerrada. Una de las personas encargadas
todavía está en el pabellón, así que les abre la puerta. Sabela quiere “algo”,
pero ella le da “todo”.
Aparece con una bolsa de
plástico enorme llena de dulces y bizcochos con pasas. Todo cortado y
preparado. Con mucha mantequilla. Todo regalado. Para que no pasemos hambre.
Nos miman.
Otro grupo de coches
vuelve a esperarnos en la puerta del pabellón. En la misma puerta. Son personas
diferentes, pero igual de amables.
El tipo que conduce
aprovecha un atasco me enseña una foto de su casa. Aparecen nueve jugadoras
vestidas de verde en el jardín. Es la selección de Irlanda. Se hospedan
apiñadas en habitaciones de cuatro y cinco, con colchones en el suelo. “Ayer
tenía catorce”, me comenta con una sonrisa, “y en mi casa sólo hay un baño”.
Le pregunto cómo se organizan. "Al principio era un poco caótico; entonces les di la clave del Wi-Fi y todo se quedó en silencio", me cuenta antes de echarse a reír.
Las jugadoras de la
selección de Irlanda duermen en habitaciones de casas particulares tiradas por
el suelo. Las de Molina Basket, en un hotel de tres estrellas.
Me supera.
Nadie nos pregunta por
los partidos ni por los resultados. Quieren saber de dónde somos y cómo hemos
llegado hasta aquí. La primera cuestión siempre la respondo como me enseñó José
Carlos: “Somos de Murcia, al sur de Benidorm”.
Para la segunda pregunta
ni yo mismo sé cómo contestar.
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