miércoles, 28 de agosto de 2013

SABONIS, ARVYDAS SABONIS

Aquella noche llevé a mis compañeros de residencia al sitio más cochambroso al norte del Arno. Acababa de empezar el siglo XXI. En aquel entonces yo sabía qué bares cerraban más tarde, en cuáles dejaban fumar, dónde había música en directo. En aquel entonces yo era joven e insensato.

El pub cochambroso, además de un camarero sin dientes y un baño al que había que entrar de puntillas, tenía música en directo. La chica que atendía las mesas era más blanca que Andrés “Porcelana” Iniesta. Al ver nuestro grupo, preguntó si éramos Erasmus. Le explicamos que no, que éramos quince investigadores, generosamente becados por la universidad, futuros Premios Nobel. Le dio igual y, sin venir a cuento, nos contó que ella fue Erasmus, que vino desde Lituania y que se instaló a orillas del Arno. Pues muy bien.

La camarera de porcelana empezó a tomar nota con una sonrisa, recordando quizás sus tiempos mozos. Se fue a la barra y el camarero sin dientes le puso las cervezas. Porcelana Iniesta volvió a la mesa cargada con una bandeja gigante.

Yo, que en los albores del siglo XXI me distinguía por mi astucia, le di las gracias en ruso. "Espasiva", una de las dos palabras que sabía en la lengua de Dostoyevski. Lo dije sonriendo, en plan guay. Porque, en el fondo, entonces yo era un tío majo.

Porcelana Iniesta me contestó "pasausta" (por suerte, la otra palabra que yo sabía: quiere decir "de nada"), pero se quitó la sonrisa de la cara y me precisó que el ruso no era su idioma. Astuto como yo era, entendí que la había cagado. Lituania, república EX soviética.

Me lo confirmó una compañera bielorrusa de mi residencia con un enigmático y amenazante "Es mejor que no le hables en ruso a un lituano..."

Me acojoné y me sentí mal. A partes iguales. Busqué a Porcelana Iniesta en la distancia. Estaba en la barra, hablando con el camarero sin dientes. Ella tenía mala cara. Establecí contacto visual y elevé mi pinta de cerveza. De buen rollazo, con un par de huevos, le grité desde mi sitio "¡Sabonis!"

Mis colegas, sobre todo la bielorrusa, lo fliparon. Pero lo fliparon más aún cuando Porcelana Iniesta recuperó la sonrisa, radiante en su cara pálida, y me saludó alegremente levantando el puño con el dedo pulgar alzado.

Yo asentí con la cabeza y bebí a su salud. Para mi sorpresa, mis compañeros de residencia seguían atónitos. “¿Es que hablas lituano?” Guardé silencio. Miré alrededor. Comprobé las caras una por una. Confirmado: nadie en esa mesa sabía quién era Sabonis.

Pues sí. Hablo lituano. Pero sólo un poco, para defenderme.

Y empezaron a pedirme que dijese frases en lituano. Lo reconozco: me divertí siendo maligno. Jasikevicius, Rimas Kurtinaitis, Macijauskas, Marciulonis, Songaila,... Todos los mitos del baloncesto lituano se convirtieron por un momento en "hola", "¿cómo estás?", "por favor" y demás chorradas.

Así pasé un buen rato, con la esperanza de ser descubierto en mis mentiras por alguno de los presentes. Pero no.

Entonces la camarera se acercó de nuevo a la mesa a retirar vasos vacíos. Yo la miré. Porcelana Iniesta me miró. Todos mis colegas nos miraron y se hizo el silencio. Sentía que tenía que decir algo... en lituano. Así que alcé mi pinta, sonreí y grité con decisión "¡Sabonis, Arvydas Sabonis!"

Y quedé como dios. Porque Porcelana volvió a sonreír y, dándome una palmadita en el hombro, me contestó "¡muy bien!" Gracias. Todos los presentes en la mesa asentían moviendo sus cabezas de arriba a abajo.

Estaba seguro de que en cualquier momento alguien diría algo. Que a alguno le sonaría el nombre de Sabonis. Pero no.

Aquella noche, yo fui un experto filólogo lituano. Con un ligero acento de Kaunas, quizás. Nada que no se pueda pulir con unos partidos de Euroliga.


Un abrazo grande, sincero y fraternal a todos los que habéis disfrutado viendo jugar a Sabonis, Arvydas Sabonis.

lunes, 5 de agosto de 2013

CUANDO DUELEN LAS PIERNAS

Hace unos años un aficionado le preguntó a Pedro Delgado cuál era el mejor momento para atacar. Fue en una de esas interminables etapas del Tour de Francia, con infinitos planos aéreos del pelotón y ruido de helicóptero de fondo. Tras pensarlo un par de segundos, Perico contestó: “Cuando más te duelan las piernas.” Magistral.

Cuando más te duelan las piernas, porque entonces “también les dolerán a los demás; nadie esperará tu ataque y nadie podrá seguirte.” Y luego a Perico le entró la risa y puntualizó que lo difícil no era saber cuándo atacar, sino encontrar las fuerzas para poder hacerlo cuando llegase el momento.

Esa frase me vuelve a la mente cada cierto tiempo. Sobre todo, cuando la carretera se pone cuesta arriba y se agotan las reservas. Como un espejismo en el desierto. Esos entrenamientos infinitos para un maratón, por ejemplo, intentando darle sentido a un castigo físico absurdo. “Ahora”, me digo, “ahora que estoy reventado es cuando tengo que apretar.

Bien pensado, las palabras de Perico alcanzan una profundidad mayor. Dolor y esfuerzo. Aumentar la fuerza en el momento de mayor sufrimiento. No hace falta hablar de piernas cansadas. Qué va, hombre. Uno se recupera de un maratón al día siguiente. O, como mucho, una semana después.

Pero hay dolores que duran más, esfuerzos que desgastan sin tregua, situaciones que te ponen a prueba día a día. Como los desgraciados que nos levantamos cada mañana sin trabajo estable, fijo o como quiera que se llame. Y nos ponemos a revisar el currículum por enésima vez intentando descifrar dónde está el fallo. Como si hubiese un fallo que descifrar. Y no se puede bajar los brazos. Hay que seguir pedaleando cada día y, si puedes, incluso con más fuerza.

Como los que reciben una patada en la entrepierna. A traición, sin aviso. Y se convencen de que no es una putada, sino una oportunidad de vivir una nueva experiencia. Y lo hacen con tanta determinación que terminan por contagiarte su confianza. Y se animan y se ponen de pie y caminan y aceleran.

Como esos amigos que pierden familiares y reaccionan diciéndote que hay que disfrutar la vida. Que ésa es la idea. Continuar hacia adelante. Encontrar fuerzas cuando más duelen las piernas.

Como Edu Schell, que se quita la toga de bonvivant y se pone el traje de superhéroe. Para salvar a su hijo. Y encuentra fuerzas para enfrentarse al abismo y movilizar a los gigantes más grandes, a todo el universo del deporte, buscando #medulaparamateo

Perico Delgado tenía razón. El momento de apretar los dientes y atacar es ahora. Cuando más duelen las piernas, cuando duelen de verdad, sólo quedan dos opciones: sentarse y resoplar o ponerse de pie y dar todo lo que te quede dentro.