sábado, 3 de octubre de 2015

MOLINA BASKET EN BELFAST: SOUVENIRS (X)

Breda viene a desayunar con nosotros el último día. Se ha comprometido a recoger nuestras maletas en el hotel, guardarlas en su coche, quedar con nosotros más tarde en el City Hall y devolvérnoslas cuando cojamos los taxis para el aeropuerto. Todo corre por su cuenta.

Es lunes por la mañana. Breda tiene que trabajar, pero pide permiso para ser nuestra anfitriona hasta el último momento.

Aparece en recepción con una montaña de camisetas de su campus de verano para las chicas. Es otro regalo.

Hacemos proyectos mientras nos sirven el café. Ahora sé que estoy delante de una persona que no sueña en vano. Siento que no puedo fallarle, porque ella no nos ha fallado a nosotros. Me gusta esa sensación de querer hacer posible cualquier plan.

Cogemos el bus hasta el City Hall. Nos hacen una pequeña visita guiada. Le explico a nuestro guía que aligere la ruta porque las chicas están cansadas, aunque en realidad están deseando ir de compras.

Ya no llueve. Recorremos Donnegal Place. Buscan el souvenir perfecto para familia, para amigos y para ellas mismas. Les recuerdo que Belfast es el Titanic, que la Guinness es Dublín. Tienen una hora, pero se les hace corta.

A la una y media, puntual como siempre, Breda nos espera con las maletas junto a dos taxis. Nos despedimos de ella. Hasta pronto, espero.

Los taxis son dos furgonetas negras con capacidad para nueve pasajeros. Me hacen pensar en el Equipo A

En nuestro furgón, suena música de Noel Gallagher. No es Oasis; es él en solitario, nos explica el taxista. Su voz tristona nos aleja de la ciudad. Por primera vez, salimos del centro de Belfast a la luz del día. Por primera vez, vemos algún rayo de sol. La hierba brilla con un verde reluciente. Hay vacas y ovejas. Muchas.

En los semáforos, vemos que el otro taxi se balancea de un lado a otro. Hay música y bailes dentro. Seguro que no están escuchando a Noel Gallagher.

Antes de facturar, Alba se da cuenta de que ha perdido su móvil. Seguramente esté en el furgón de Noel Gallagher. En ese punto, tenemos dos opciones: darlo por perdido o llamar a Breda. Optamos por la segunda. Y quince minutos después, el taxi vuelve al aeropuerto y Alba recupera su móvil.

Breda está cada vez que la necesitamos. Hasta el final.

Pasamos el control de seguridad sin apenas incidentes. Sólo nos confiscan un móvil, nos cachean y nos registran un par de maletas. Nada grave.

Contamos las libras que nos quedan. Guardamos los billetes y gastamos las últimas monedas comprando a la carrera chocolatinas y chicles para el viaje. Un despilfarro en miniatura.

El avión despega puntual y parece que todos los pasajeros están sanos. Esta vez.

Pongo el iPad sobre la mesita del avión y me pregunto cómo contar lo que hemos vivido. No es fácil. Me vendría bien ayuda. Entonces me doy cuenta de que todas están dormidas.

Dormidas. En silencio, por primera vez en cuatro días.

Son un grupo fantástico. (Ahora que duermen, más todavía.) En serio. Lo llevo pensando todo el fin de semana, pero no se lo he dicho a las chicas en ningún momento. Para que no se viniesen arriba. Prometo hacerlo antes de despedirme en el aeropuerto.

Juntas podrían ir al fin del mundo; esta vez han llegado hasta Belfast. Se dice rápido.

Ahora vuelven. De un viaje. De una experiencia. De una aventura. De un torneo de baloncesto. Y todo ha ido muy bien. Mejor de lo esperado. Mejor de lo soñado.


Este viaje termina ahora. Con el tiempo, los sueños se cambian por recuerdos. Recuerdos de esos que duran para siempre.



viernes, 2 de octubre de 2015

MOLINA BASKET EN BELFAST: EUROBASKET (IX)

Al acabar la cena en el City Hall, empieza la final del Eurobasket. España-Lituania. Las chicas quieren verlo, pero en Belfast no es tan sencillo. Hay fútbol gaélico, rugby y hurling esa misma tarde. El baloncesto se ve a través de una taquilla en un canal de pago; las páginas web españolas que lo ofrecen están censuradas por los derechos de televisión.

Pinta mal la cosa. Breda propone que vayamos a todos a su casa y verlo allí. Pero le explican que tendría que estar abonada al canal y eso es imposible de gestionar un domingo por la tarde. Ella no se rinde.

Se ofrece a llevarnos al hotel para hablar con el director y hacer que nos lo pongan en un proyector. Breda moviliza otra vez cinco coches para que nos trasladen.

Sigue lloviendo.

En el hotel, Breda lo intenta, pero es imposible. No hay forma de conectar. Desde España nos informan de que el partido va bien, que vamos ganando en el descanso.

A Sabela se le ocurre hacer un FaceTime con su casa: colocar un ordenador frente a la televisión de sus padres y verlo a través de una tablet. Funciona. Más o menos.

Su hermano Dani es nuestro cámara. Hay veces que no sabemos cómo van o si el tiro ha entrado. Pero estamos todos allí, reunidos en torno a una pantalla viendo a Pau Gasol conquistar Europa.

Como una familia alrededor de una chimenea.

Es la tercera vez que España gana el Eurobasket en pocos años. Antes esto no era así, pero ellas no lo saben. Es el tipo de cosa que aprendes a valorar cuando pasa el tiempo.

Salimos a cenar por el barrio. Es una zona residencial, muy tranquila. Son las ocho de la tarde. Todo está cerrando. El tipo del Subway nos apaga el letrero de “Open” en la cara. Compramos chocolatinas y Coca-Cola de color verde en una gasolinera. Cenamos hamburguesas y patatas fritas en un fish and chips donde no queda pescado.

Sigue lloviendo.

De vuelta al hotel, alguna empieza a darse cuenta de que al día siguiente regresamos a casa.

Son las nueve y media, pero la cafetería del hotel ya está desierta. Pronto cerrará. José Juan, Alba, Mari Cruz y yo nos sentamos en los sofás con tapicería retro de recepción.

Escuchamos las carreras y las risas de la planta superior. Son ellas. Son las nuestras. No hay duda. Están jugando a las cartas o al escondite o a bailar hasta caerse de espaldas sobre una mesa.

Es Bea, es Ascen, es María (cualquiera de las dos), es Ainhoa, es Mar, es Ángela, es Sabela. Incluso son Silvia, Elena y Lucía, aunque parezcan más calladas. Son todas porque (aunque ellas no lo saben) todavía son demasiado jóvenes.


Pronto dejarán de serlo y recordarán días como éstos. 


jueves, 1 de octubre de 2015

MOLINA BASKET EN BELFAST: CITY HALL (VIII)

Sigue lloviendo. El ayuntamiento es un edificio de la época victoriana rodeado de césped que ocupa una manzana en el centro de Belfast. Llegamos puntuales.

Entramos en el recinto del City Hall. Pasamos de un guardia de seguridad a otro. Seguridad con traje y corbata. Somos los del baloncesto. Nos invitan a pasar. Nos abren las puertas. Nos acompañan. Cada paso que damos es más alucinante. Avanzamos por un palacio de mármol, vidrieras de colores, lámparas que cuelgan del techo y suelos con alfombras de lana y seda.

Un palacio. Como en los cuentos.

Al final resulta que todo es verdad.  Que hemos participado en un torneo de baloncesto en Irlanda. Que hemos jugado contra Dublín, Belfast y la selección irlandesa. Que estamos en una recepción en el City Hall.

Entramos en el Banqueting Hall, la sala reservada para comidas oficiales. Hay varios cuadros homenaje al Titanic en las paredes. Como en toda la ciudad. Una extraña mezcla de orgullo y tristeza.

Nos sentamos. Allí están todos los equipos que han jugado este fin de semana. Nuestras chicas son las más elegantes. Sin duda. Ellas se distribuyen en dos mesas. A José Juan y mí nos llevan hasta el lado opuesto del salón.

Nuestro sitio está con los anfitriones. Como sentarse con los recién casados en una boda. Breda me pregunta por nuestra MVP. Le pido esa segunda opinión de otras personas. Intervienen dos entrenadoras que han estado por el Methody ese fin de semana.

Nos ha gustado mucho la 7”. Sorpresa. No tenemos 7. Se lo explico con amabilidad, pero ellas insisten. “Sí, la 7. Mara.” No es una sorpresa. Ha competido cada minuto. Además ha tenido momentos brillantes, espléndidos. La llamen como la llamen. Le pongan el número que le pongan. No es una sorpresa, pero me hace ilusión que se lo den a ella.

Breda me pregunta también el nombre de la chica que ha metido el triple decisivo. Tienen un premio para la mejor canasta del torneo y en esto hay unanimidad.

Son detalles, pequeños detalles, pero cada uno de ellos me parece más bonito que el anterior.

La cena no es un gran banquete. Han preparado un buffet para que cada uno llene su plato como quiera.  Como la gente no se abalanza a repetir, lo retiran relativamente rápido. Pasamos al postre, al té y a los discursos.

Lo primero que hacen es darnos las gracias por venir. De nada, supongo. La lista de agradecimientos es larga. Luego entregan las medallas. Primero, como es lógico, a nuestras chicas. Después va el resto de equipos. Ese ha sido el orden todo el fin de semana.

Me divierte pensar que, en un momento dado, nombrarán a Mar y a Mari Cruz para darles sus galardones. Ellas no lo saben. Las posibilidades son múltiples: que las pillen comiendo el postre con la boca llena de migas de chocolate, que no se enteren, que se pongan rojas de vergüenza o todo a la vez.

Disfruto especialmente ese momento de espera. En un fin de semana de sorpresas, esta es la única que conozco de antemano. Un sueño. Un recuerdo.

Mar recoge su premio con una parada en dos tiempos: recibe el trofeo, lee el juego y vuelve a su silla. Mari Cruz opta por una puerta atrás: pie exterior, recoge premio y salida explosiva otra vez hacia su sitio.

Al terminar la ceremonia, voy hacia Breda. Le doy una camiseta de Molina Basket y una placa conmemorativa de nuestro ayuntamiento. Todo me parece poco.

Antes de salir del City Hall, el trofeo de Mari Cruz cae al suelo. Se estrella contra el único espacio sin moqueta en el palacio y se convierte en trozos de cristal.

Esas cosas se rompen. Otras duran para siempre.