sábado, 29 de junio de 2013

MEMORIAS DEL BAR PARPADISTA

Me gusta imaginar que hay un bar donde siempre suena el “OK Computer” de Radiohead. Una y otra vez. Desde el verano de 1997. Un lugar donde se rinde culto al párpado caído de Thom Yorke. Un antro oscuro, como el taberna de Moe, pero más sombrío, más estrecho, más lúgubre.

In an interstellar burst
I am back to save the universe

El camarero del bar parpadista se parece a Iggy Pop. Se tiene que parecer a Iggy, por fuerza. Uno de esos tipos que escucha miserias ajenas sin inmutarse mientras seca los vasos que salen del lavavajillas con el delantal. Siempre con el mismo delantal. Y a cada desventura narrada responde encogiéndose de hombros y asintiendo en silencio. Algo así como “si yo te entiendo, colega, pero la vida es así: una putada detrás de otra”.

What's that?
(I may be paranoid, but not an android)

En el bar parpadista los clientes no piden. Se sientan en el mismo taburete, apoyan los codos en la barra y saludan al Falso Iggy levantando levemente las cejas. El camarero, aparentemente distraído pero siempre atento, les pone una cerveza. En vaso grande. Todo en silencio, mientras suena el “OK Computer”. Una y otra vez.

I'd show them the stars, and the meaning of life
They'd shut me away, but I'd be alright

Una atmósfera etérea se apodera del antro. Realmente, no son canciones. Parecen sonidos creados en el siglo XX para perdurar en el tiempo. Sensaciones producidas por el movimiento vibratorio de los cuerpos, que se transmiten por un medio elástico. Como el aire.

Breathe, keep breathing
I can't do this alone

Imagino que al final de la barra, entre todos los clientes, se sienta Chris Martin. Escucha la música abstraído, con la mirada perdida en su cerveza. De vez en cuando, traga saliva y levanta los ojos hacia el ventilador que gira colgado del techo. Resopla y pega un puñetazo sobre la barra. El Falso Iggy le repite “no te tortures, Chris, la vida es así”. Se lo repite en tono cansino, sabiendo que Chris vivirá siempre con ese peso sobre sus hombros.

Crushed like a bug in the ground
Let down and hanging around

También entra Francis Healy y se sienta en el otro extremo de la barra. Levanta el dedo para llamar la atención del Falso Iggy, que le lleva una cerveza. Francis da un par de sorbos y luego comenta: “¿os he contado alguna vez que yo cantaba en un grupo?”. “Demasiadas”, le responde el Falso Iggy. Chris Martin ni se gira. Y mientras el “OK Computer” sigue sonando en el bar parpadista.

I've given all I can
It's not enough

En algún momento se abre la puerta del bar parpadista y aparece Matt Bellamy. Sube a un taburete de un saltito y mira a izquierda y derecha. “¿Qué pasa, tíos?”. Chris Martin continúa perdido en su vaso, mientras Francis se pone el dedo índice en los labios. “¿Vas a querer algo o has venido a tocar las pelotas?”, le pregunta el Falso Iggy. “Tranqui, ponme un zumo de ciruela light”. Y mientras espera, juguetea con los dedos sobre la barra intentando seguir el ritmo del “OK Computer”.

An empowered and informed member of society (pragmatism not idealism)
Will not cry in public

El Falso Iggy le trae una cerveza. “¡Hey! Esto no es lo que te he pedido”, dice Matt indignado. Y el Falso Iggy lo fusila con una mirada que lo deja callado para lo que queda de madrugada. Vuelve el silencio al bar parpadista y el “OK Computer” lo inunda todo.

When I go forwards you go backwards and somewhere we will meet

Martin Gore y David Gahan entran de repente. Llegan sonriendo y saludan al Falso Iggy. De buen rollazo. Luego echan un vistazo a la barra y agitan la mano en plan “vaya tela”. Hacen un gesto señalando una mesa al fondo, reservada para ellos. El Falso Iggy levanta la barbilla para devolver el saludo, mientras prepara una gran jarra de cerveza para ellos. Martin y David hablan flojito, relajados, sin perder la sonrisa, disfrutando ese momento.

And either way you turn
I'll be there

Pronto se les unen Paul David Hewson y David Howell Evans. El Falso Iggy llena otra jarra grande, la lleva hasta la mesa y aprovecha para saludarlos. Susurran, ríen y se dan palmaditas en la espalda como si recordasen los buenos tiempos.

A job that slowly kills you
Bruises that won't heal

Los clientes de la barra los miran de reojo entre canción y canción. Pero a ellos no les importa. No se siente observados. Y, si lo están, les da igual. Siguen a su bola. El Falso Iggy se despide con un “a esta ronda invito yo”, aunque recupera el rostro avinagrado en cuanto se da media vuelta.

I'm on a roll, I'm on a roll
This time, I feel my luck could change

Termina el disco y cesa la música. Las conversaciones de las mesas se apagan y se hace el silencio. Chris Martin empuja su vaso ya vacío de cerveza hacia el camarero. “Ponme otra... y ponlo otra vez”. El Falso Iggy le sirve, mientras piensa que Chris no debería torturarse, que la vida es así.

Sometimes I get overcharged
That's when you see sparks

Chris se acurruca sobre la barra esperando su cerveza. “Ponlo otra vez, te he dicho”, insiste. Y a continuación se gira hacia el resto de clientes del bar parpadista y grita: “¿Qué pasa? Si yo puedo soportarlo, vosotros también.

Y el Falso Iggy vuelve a dar al play sin decir nada. Luego se pone a secar vasos con su delantal mientras tararea las primeras notas del “OK Computer”. Otra vez.


domingo, 23 de junio de 2013

SPIELBERG, FLORENTINO Y LA FÁBRICA DE SUEÑOS

Pasaba las mañanas de la primavera de 2006 en Borgo Stretto, en Pisa. Me sentaba en la terraza del Settimelli y leía La Gazzetta dello Sport. Desde la primera hasta la última página con un capuccino. Era una especie de ritual que respetaba y repetía con cierta solemnidad.

Me viene a la cabeza un artículo de opinión en el que se comparaba a Florentino Pérez con Steven Spielberg. Sí. Tenía su sentido. En aquella primavera, el Real Madrid navegaba a la deriva. Se zarandeaba en medio de Dios sabe qué tormenta. Creo que el entrenador era un tal López Caro. Creo.

En La Gazzetta dello Sport lo tenían claro: Florentino había montado una fábrica de sueños, pero se equivocaba a la hora de elegir a quienes debían hacerla funcionar. Y ahí entraba Steven Spielberg, el gran fabricante de sueños.

Se apuntaba que Spielberg no sólo era un genio por sus visiones, sino porque sabía rodearse del mejor equipo para hacerlas realidad. Se hablaba de sus habituales, de los guionistas, de los directores de fotografía, de los músicos con los que solía colaborar. Emergían nombres como John Williams o Janusz Kaminski. Los mejores en lo suyo, en sus especialidades.

Porque hacer una película extraordinaria no era cuestión de tener a los mejores actores principales, era algo mucho más complejo. Y volvían a Florentino, a su fijación por coleccionar estrellas, por contratar esos nombres de primera fila que, al fin y al cabo, sólo eran una pequeña parte de la fábrica de sueños que representaba el Real Madrid.

Sería absurdo pagar el caché de Meryl Streep para que fuese maquilladora, el de Tom Cruise para que llevase a cabo la edición de sonido o el de Will Smith para que se ocupase de la dirección artística. En deporte de alto nivel, sin embargo, esas cosas pasan.

El artículo se cerraba con una frase lapidaria: “Spielberg nunca habría dejado marchar a Cambiasso.

Esa comparación entre Spielberg y Florentino me parece cada vez más acertada, sobre todo, en la idea de fondo: construir un equipo.

Construir un equipo. Lo difícil que es eso. Conseguir al mejor para cada tarea. Y una vez encontrados, lo difícil que es poner a todos a trabajar en la misma dirección para formar el mejor grupo posible. Y lo difícil que es mantenerlos a tu lado. Pase lo que pase.

Un equipo es un diseño inacabado. Un esfuerzo continuo. No hay otra manera de verlo.

Los encargados de construir el equipo se enfrentan a ese agotador cometido, a ese trabajo infinito de perfilar un diseño inacabado. Antes, durante y después de la competición. Al igual que un director de cine que debe involucrarse en la película en todo momento. Preproducción, producción y postproducción.

Los primeros en abrir los ojos y los últimos en cerrarlos. Una supervisión constante. Como en una fábrica.

Porque el público pagará por ver estrellas. De eso no hay duda. Pero luego de camino a casa se planteará si el espectáculo ha merecido la pena, si ha estado a la altura de las expectativas. De eso dependerá que hable bien de ello a sus amigos, que lo apoye, que lo recomiende, que incluso lo defienda incondicionalmente. Y llegado el momento, de eso dependerá que vuelva a pagar por verlo.

Por eso, mientras algunos parecen obsesionados por cazar estrellas, Spielberg lleva cuatro décadas siendo el mejor fabricante de sueños.

miércoles, 19 de junio de 2013

EL ESPÍRITU DE FLORIAN

A Florian no le habíamos engañado, pero casi. José Carlos y yo le habíamos contado lo bonita que era la carrera de Blanca: 10 kilómetros de atletismo popular, la tarde del último sábado de junio, a orillas del río Segura, a los pies del valle de Ricote. Una cosa preciosa.

Se nos había olvidado comentarle que la temperatura superaría los 30 grados. Y que la humedad se le pegaría a la garganta y a los pulmones, como un motor gasolina al que le ponen diésel. ¡Ah! Y que ninguno de los 10.000 metros de la carrera era plano.

Detalles. Detallitos que se nos habían pasado. Detallitos que no conocía Florian, un alemán rubio y de piel blanca que entonces sólo era un proyecto de corredor popular.

Antes del primer kilómetro, ya tenía dificultad para seguir al pelotón. No quería que lo esperásemos. No quería que lo esperase nadie. Antes del segundo kilómetro se había quedado solo, con la única compañía del coche escoba.

“¿Cómo le has hecho esto a Florian?”, le preguntaba yo una y otra vez a José Carlos. Y José Carlos se encogía de hombros y me contestaba: “él quería correr y, si le hubiese contado toda la verdad, no habría corrido.” Así de simple.

A pesar del calor, de la humedad y del escarpado trazado, Florian llegó a meta. Antepenúltimo.

Toda la carrera prácticamente en solitario. Hay que estar ahí para saber lo que eso supone. La exigencia física. El desgaste mental.

Si yo hubiese sido Florian, quizás me habría retirado y seguro que habría retirado la palabra a todos. A todos los que me hubiesen dicho que la carrera “era bonita”. A todos los que me hubiesen ocultado los detalles del recorrido. A todos los que me hubiesen dejado solo por aquellas carreteras de Dios. A todos. A todos.

Por suerte, el espíritu de Florian era diferente. Cruzó la meta exhausto y, en cuanto recuperó el resuello, sonrió.

Satisfecho. Contento. Exultante.

Primero se abrazó a su novia. Sudor y lágrimas. Luego lo felicitamos los demás. Uno por uno. Admirando una gesta soberbia. Un ejemplo de superación. Una hazaña agonística. Y él nos daba las gracias. A nosotros, que habíamos convertido el valle de Ricote en las Termópilas

Lo rodeamos deseando saber más sobre su aventura. “Hubo un momento en que pensé que me quedaría último, pero al final he adelantado a dos”, contaba a una audiencia emocionada.

Todo aquello me superaba. Hay gente así. Hay gente con ese espíritu. Hay gente como Florian.

El espíritu de Florian. Alegrarse por haberlo conseguido. Motivarse con pequeños hitos que superar. Encontrar el lado positivo de cada momento, incluso cuando no quedan fuerzas. Incluso cuando cuesta respirar.

El espíritu de Florian. No culpar a nadie de los obstáculos del camino. Enfrentarse a ellos. Superarlos. Seguir adelante.


Hasta llegar a meta. Sin aliento. Con una sonrisa.




viernes, 14 de junio de 2013

EL VALOR DE LAS IDEAS

Estaba pensando en el valor de las ideas y me he acordado de Curro.

Hace quince años que no lo veo. Pero no me he olvidado de él. De hecho, seguro que lo recuerda todo el que alguna vez lo ha conocido. Seguro. Un sevillano bajito, con el pelo negro rizado y una cara de sinvergüenza que no podía (ni quería) disimular.

Curro usaba la ropa de su padre. En serio. Lo hacía por comodidad. Por no ir hasta la tienda. Por no tener que elegir. En definitiva, por no calentarse la cabeza.

“Tú no inventes; mira con atención lo que hacen los demás y, cuando veas que algo funciona, lo copias.” Me decía. Me repetía.

Menudo personaje.

Estudiaba Empresariales. O un máster en empresas. O algo así. Sabía que trabajaría en la empresa de su padre y que, si todo iba bien, se haría cargo de ella en el futuro. Tenía veintipocos años y todo estaba previsto.

Cada vez que tenía oportunidad, Curro compraba productos de la competencia. Siempre de la competencia. Para saber cómo trabajaban. Para conocer sus virtudes y, sobre todo, sus defectos. “Mira el color de estas aceitunas.” Y sacaba una del tarro. Con cuidado, para no manchar la camisa de su padre. Y la abría con los dedos sólo para enseñarme el interior. “Míralas bien; están marrones. Marrones por dentro.”

Curro escuchaba. Atentamente. Me di cuenta jugando al mus. Con él y contra él. Escuchaba atentamente. No para ganar, sino para aprender. Y no sólo para aplicarlo a las partidas de cartas, sino para cualquier cosa que pudiese surgir.

“No hace falta tener ideas, sólo copiar las buenas”, insistía como si parafrasease Big Ideas de Radiohead.

El día que volvió a Sevilla vino a recogerlo un Mercedes blanco. Lo sé. Suena raro, pero fue así. Curro no hizo su maleta como los demás; él compró un rollo de sacos de basura y fue metiendo la ropa (de su padre) dentro. Y sus libros. Y todo lo que había en su escritorio.

“Nunca he hecho mi maleta. Además, es más rápido así”, comentaba mientras volcaba los cajones en las bolsas.

Con el tiempo he pensado que nunca había hecho su maleta porque nunca había visto a nadie hacer una maleta. Porque no había podido mirar atentamente cómo se hace una maleta. Porque nunca había tenido la ocasión ni el interés por aprenderlo.

Le ayudé a bajar uno de los sacos hasta el Mercedes blanco. Nos despedimos en Gran Vía. 
Y no he vuelto a verlo.

Un tipo particular. Único. Inolvidable. Y es curioso.

Es curioso porque un tipo que, según él, nunca había tenido una idea propia pasa por ser uno de los personajes más originales que he conocido.


Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Cuál es el valor de las ideas? ¿Tenerlas o saber apreciarlas?