A Florian no le habíamos engañado,
pero casi. José Carlos y yo le habíamos contado lo bonita que era
la carrera de Blanca: 10 kilómetros de atletismo popular, la tarde
del último sábado de junio, a orillas del río Segura, a los pies
del valle de Ricote. Una cosa preciosa.
Se nos había olvidado comentarle que
la temperatura superaría los 30 grados. Y que la humedad se le
pegaría a la garganta y a los pulmones, como un motor gasolina al
que le ponen diésel. ¡Ah! Y que ninguno de los 10.000 metros de la
carrera era plano.
Detalles. Detallitos que se nos habían
pasado. Detallitos que no conocía Florian, un alemán rubio y de
piel blanca que entonces sólo era un proyecto de corredor popular.
Antes del primer kilómetro, ya tenía
dificultad para seguir al pelotón. No quería que lo esperásemos.
No quería que lo esperase nadie. Antes del segundo kilómetro se
había quedado solo, con la única compañía del coche escoba.
“¿Cómo le has hecho esto a
Florian?”, le preguntaba yo una y otra vez a José Carlos. Y José
Carlos se encogía de hombros y me contestaba: “él quería correr
y, si le hubiese contado toda la verdad, no habría corrido.” Así
de simple.
A pesar del calor, de la humedad y del
escarpado trazado, Florian llegó a meta. Antepenúltimo.
Toda la carrera prácticamente en
solitario. Hay que estar ahí para saber lo que eso supone. La
exigencia física. El desgaste mental.
Si yo hubiese sido Florian, quizás me
habría retirado y seguro que habría retirado la palabra a todos. A
todos los que me hubiesen dicho que la carrera “era bonita”. A
todos los que me hubiesen ocultado los detalles del recorrido. A
todos los que me hubiesen dejado solo por aquellas carreteras de
Dios. A todos. A todos.
Por suerte, el espíritu de Florian era
diferente. Cruzó la meta exhausto y, en cuanto recuperó el
resuello, sonrió.
Satisfecho. Contento. Exultante.
Primero se abrazó a su novia. Sudor y
lágrimas. Luego lo felicitamos los demás. Uno por uno. Admirando
una gesta soberbia. Un ejemplo de superación. Una hazaña
agonística. Y él nos daba las gracias. A nosotros, que habíamos
convertido el valle de Ricote en las Termópilas
Lo rodeamos deseando saber más sobre
su aventura. “Hubo un momento en que pensé que me quedaría
último, pero al final he adelantado a dos”, contaba a una
audiencia emocionada.
Todo aquello me superaba. Hay gente
así. Hay gente con ese espíritu. Hay gente como Florian.
El espíritu de Florian. Alegrarse por
haberlo conseguido. Motivarse con pequeños hitos que superar.
Encontrar el lado positivo de cada momento, incluso cuando no quedan
fuerzas. Incluso cuando cuesta respirar.
El espíritu de Florian. No culpar a
nadie de los obstáculos del camino. Enfrentarse a ellos. Superarlos. Seguir adelante.
Hasta llegar a meta. Sin aliento. Con una
sonrisa.
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