martes, 10 de mayo de 2016

EL CORAZÓN NO SE ENTRENA

Vi a Carles sentado solo a pie de pista en el primer partido de la mañana. Era domingo, el día que él iba a ser campeón. El Pabellón Serrerías olía a ceniza fría tras del fuego de la noche anterior. Se estaba jugando el tercer puesto de la categoría cadete femenina, pero parecía que estábamos solos. Me dio la mano y me dijo:

Te iba a escribir anoche, pero decidí no hacerlo. Porque al final quería contarte sensaciones y es difícil con un mensaje. Si hubiese que buscar una palabra, creo que sería “corazón”.
Yo he mamado el baloncesto aquí, en Serrerías, por eso le tengo tanto respeto a esta pista, a estas canastas, a este pabellón.
Así se lo cuento a mis jugadores.
Pero es verdad que yo viví el baloncesto en Molina en otra época. Con el equipo en EBA, en LEB, con las gradas llenas y la gente ilusionada con un equipo, con un club.
Y todo eso se perdió.
Sin embargo, ayer volví a ver este pabellón así.  Lo normal es que sólo estén los familiares animando, pero ayer también había amigos de jugadores, compañeros del instituto que vienen a apoyar a sus colegas de clase. Aplaudiendo y dejándose la garganta, vestidos con los colores del equipo. Y encima lo hacían orgullosos porque sus amigos se marcaban un partidazo, porque lo daban todo.
Y veías en la grada entrenadores y jugadores del club. Chicos y chicas, mayores y pequeños. Celebrando emocionados las canastas como si fuesen suyas.
Y mirabas al banquillo y los que no habían jugado ni un puto minuto eran los que más animaban. A sus compañeros, a la grada. Era vibrante, era emocionante.
Ayer vi a un equipo, a un club, capaz de recuperar todo eso que se había perdido.
Eso es “corazón”. Y eso no se entrena. Se tiene o no se tiene.”


Y según hablaba Carles, yo miraba alrededor y volvía a recordar la noche anterior. Como imagino que haré durante muchos años. El ambiente, los gritos, la pasión por competir. 

Cosas que van más allá del baloncesto. La humildad, la ambición, el coraje para levantarte cada vez que te tiran al suelo. 

Cosas que no se entrenan. La fe, la entrega, el fuego, el corazón. 



viernes, 6 de mayo de 2016

EL TALENTO NO EXISTE

El talento, según el diccionario, es inteligencia y aptitud, la capacidad para entender y desempeñar algo. El talento es una virtud que se atribuye a alguien desde fuera, una fascinación intangible y subjetiva. En ciertos casos, se habla del talento como un don divino que se otorga a los elegidos para el bien de su comunidad. 

Es decir, que el talento es una proyección de los demás sobre personas concretas, una cuestión de fe.

Creo que el talento no existe en el deporte. Y mucho menos en el baloncesto, que es lo que ha absorbido mi vida durante los últimos años. 

Tengo el privilegio de haber entrenado esta temporada a un equipo excepcional. Un grupo ejemplar con virtudes extraordinarias. Pero diría que no he visto el talento por ningún lado.

Sí he visto jugadores que llegan una hora antes de que empiece su entrenamiento. Y siguen con un balón entre las manos una hora después de que termine. También he visto a quienes doblan sesiones de trabajo el mismo día con dos equipos y quienes preguntan si pueden ir al pabellón cuando el resto está descansando. 

Y al final son mejores. No mejores que los demás, sino algo mucho más complicado: son mejores que ellos mismos.

Tipos que pelean con intensidad cada minuto. Sea un entrenamiento o un partido. Que se frustran cuando fallan un tiro. Incluso cuando piensan que nadie les mira. 

Gente que lo intenta hasta conseguirlo. 

Como si un fallo, un error, una derrota sólo fuese una nueva oportunidad. Para volver a intentarlo. Hay jugadores que siempre quieren aprender. Te preguntan cómo pueden mejorar y, lo que resulta más fascinante, escuchan la respuesta.

Ha habido quienes me han engañado para jugar enfermos, lesionados, cojos. Porque querían estar en la pista con sus compañeros, porque renunciar a jugar es un modo de fallar al equipo. 

Cualquiera que haya estado en un vestuario lo entenderá.

Jugadores que nunca se rinden, que no conocen la paz. Que compiten cada día, cada minuto, cada jugada, cada balón. Que luchan hasta el final los partidos fáciles, los difíciles y hasta los que parecen imposibles.

Niños que se han hecho mayores en la pista. Pasar de no controlarse sí mismos a liderar un ejército. Aprender que uno no puede elegir ciertas cosas en un equipo, que son los demás quienes lo hacen por ti. Asumir que tus compañeros te buscarán con la mirada cuando el cielo se oscurezca, esperando algo, una señal, un grito que les empuje a seguir peleando.

Porque otorgar un don divino por el bien de la comunidad no es una cuestión de talento, sino de liderazgo.

El talento, etéreo por naturaleza, se vaporiza sin constancia en el trabajo, sin lucha dentro de la pista, sin asumir la responsabilidad que conlleva ser parte de un grupo. En baloncesto, el talento no puede existir si no está al servicio del equipo.