Aquella
noche llevé a mis compañeros de residencia al sitio más
cochambroso al norte del Arno. Acababa de empezar el siglo XXI.
En aquel entonces yo sabía qué bares cerraban más tarde, en cuáles dejaban
fumar, dónde había música en directo. En aquel entonces yo era joven e
insensato.
El
pub cochambroso, además de un camarero sin dientes y un baño al que
había que entrar de puntillas, tenía música en directo. La chica
que atendía las mesas era más blanca que Andrés “Porcelana”
Iniesta. Al ver nuestro grupo, preguntó si éramos Erasmus. Le
explicamos que no, que éramos quince investigadores, generosamente
becados por la universidad, futuros Premios Nobel. Le dio igual y,
sin venir a cuento, nos contó que ella fue Erasmus, que vino desde
Lituania y que se instaló a orillas del Arno. Pues muy bien.
La
camarera de porcelana empezó a tomar nota con una sonrisa,
recordando quizás sus tiempos mozos. Se fue a la barra y el camarero
sin dientes le puso las cervezas. Porcelana Iniesta volvió a la mesa
cargada con una bandeja gigante.
Yo,
que en los albores del siglo XXI me distinguía por mi astucia, le di
las gracias en ruso. "Espasiva", una de las dos palabras
que sabía en la lengua de Dostoyevski. Lo dije sonriendo, en plan
guay. Porque, en el fondo, entonces yo era un tío majo.
Porcelana
Iniesta me contestó "pasausta" (por suerte, la otra
palabra que yo sabía: quiere decir "de nada"), pero se
quitó la sonrisa de la cara y me precisó que el ruso no era su
idioma. Astuto como yo era, entendí que la había cagado. Lituania,
república EX soviética.
Me
lo confirmó una compañera bielorrusa de mi residencia con un
enigmático y amenazante "Es mejor que no le hables en ruso a un
lituano..."
Me
acojoné y me sentí mal. A partes iguales. Busqué a Porcelana
Iniesta en la distancia. Estaba en la barra, hablando con el camarero
sin dientes. Ella tenía mala cara. Establecí contacto visual y
elevé mi pinta de cerveza. De buen rollazo, con un par de huevos, le
grité desde mi sitio "¡Sabonis!"
Mis
colegas, sobre todo la bielorrusa, lo fliparon. Pero lo fliparon más
aún cuando Porcelana Iniesta recuperó la sonrisa, radiante en su
cara pálida, y me saludó alegremente levantando el puño con el
dedo pulgar alzado.
Yo
asentí con la cabeza y bebí a su salud. Para mi sorpresa, mis
compañeros de residencia seguían atónitos. “¿Es que hablas
lituano?” Guardé silencio. Miré alrededor. Comprobé las caras
una por una. Confirmado: nadie en esa mesa sabía quién era Sabonis.
“Pues
sí. Hablo lituano. Pero sólo un poco, para defenderme.”
Y
empezaron a pedirme que dijese frases en lituano. Lo reconozco: me
divertí siendo maligno. Jasikevicius, Rimas Kurtinaitis,
Macijauskas, Marciulonis, Songaila,... Todos los mitos del baloncesto
lituano se convirtieron por un momento en "hola", "¿cómo
estás?", "por favor" y demás chorradas.
Así
pasé un buen rato, con la esperanza de ser descubierto en mis
mentiras por alguno de los presentes. Pero no.
Entonces
la camarera se acercó de nuevo a la mesa a retirar vasos vacíos. Yo
la miré. Porcelana Iniesta me miró. Todos mis colegas nos miraron y
se hizo el silencio. Sentía que tenía que decir algo... en lituano.
Así que alcé mi pinta, sonreí y grité con decisión "¡Sabonis,
Arvydas Sabonis!"
Y
quedé como dios. Porque Porcelana volvió a sonreír y, dándome una
palmadita en el hombro, me contestó "¡muy bien!" Gracias.
Todos los presentes en la mesa asentían moviendo sus cabezas de
arriba a abajo.
Estaba
seguro de que en cualquier momento alguien diría algo. Que a alguno
le sonaría el nombre de Sabonis. Pero no.
Aquella
noche, yo fui un experto filólogo lituano. Con un ligero acento de
Kaunas, quizás. Nada que no se pueda pulir con unos partidos de
Euroliga.
Un
abrazo grande, sincero y fraternal a todos los que habéis disfrutado
viendo jugar a Sabonis, Arvydas Sabonis.