miércoles, 28 de agosto de 2013

SABONIS, ARVYDAS SABONIS

Aquella noche llevé a mis compañeros de residencia al sitio más cochambroso al norte del Arno. Acababa de empezar el siglo XXI. En aquel entonces yo sabía qué bares cerraban más tarde, en cuáles dejaban fumar, dónde había música en directo. En aquel entonces yo era joven e insensato.

El pub cochambroso, además de un camarero sin dientes y un baño al que había que entrar de puntillas, tenía música en directo. La chica que atendía las mesas era más blanca que Andrés “Porcelana” Iniesta. Al ver nuestro grupo, preguntó si éramos Erasmus. Le explicamos que no, que éramos quince investigadores, generosamente becados por la universidad, futuros Premios Nobel. Le dio igual y, sin venir a cuento, nos contó que ella fue Erasmus, que vino desde Lituania y que se instaló a orillas del Arno. Pues muy bien.

La camarera de porcelana empezó a tomar nota con una sonrisa, recordando quizás sus tiempos mozos. Se fue a la barra y el camarero sin dientes le puso las cervezas. Porcelana Iniesta volvió a la mesa cargada con una bandeja gigante.

Yo, que en los albores del siglo XXI me distinguía por mi astucia, le di las gracias en ruso. "Espasiva", una de las dos palabras que sabía en la lengua de Dostoyevski. Lo dije sonriendo, en plan guay. Porque, en el fondo, entonces yo era un tío majo.

Porcelana Iniesta me contestó "pasausta" (por suerte, la otra palabra que yo sabía: quiere decir "de nada"), pero se quitó la sonrisa de la cara y me precisó que el ruso no era su idioma. Astuto como yo era, entendí que la había cagado. Lituania, república EX soviética.

Me lo confirmó una compañera bielorrusa de mi residencia con un enigmático y amenazante "Es mejor que no le hables en ruso a un lituano..."

Me acojoné y me sentí mal. A partes iguales. Busqué a Porcelana Iniesta en la distancia. Estaba en la barra, hablando con el camarero sin dientes. Ella tenía mala cara. Establecí contacto visual y elevé mi pinta de cerveza. De buen rollazo, con un par de huevos, le grité desde mi sitio "¡Sabonis!"

Mis colegas, sobre todo la bielorrusa, lo fliparon. Pero lo fliparon más aún cuando Porcelana Iniesta recuperó la sonrisa, radiante en su cara pálida, y me saludó alegremente levantando el puño con el dedo pulgar alzado.

Yo asentí con la cabeza y bebí a su salud. Para mi sorpresa, mis compañeros de residencia seguían atónitos. “¿Es que hablas lituano?” Guardé silencio. Miré alrededor. Comprobé las caras una por una. Confirmado: nadie en esa mesa sabía quién era Sabonis.

Pues sí. Hablo lituano. Pero sólo un poco, para defenderme.

Y empezaron a pedirme que dijese frases en lituano. Lo reconozco: me divertí siendo maligno. Jasikevicius, Rimas Kurtinaitis, Macijauskas, Marciulonis, Songaila,... Todos los mitos del baloncesto lituano se convirtieron por un momento en "hola", "¿cómo estás?", "por favor" y demás chorradas.

Así pasé un buen rato, con la esperanza de ser descubierto en mis mentiras por alguno de los presentes. Pero no.

Entonces la camarera se acercó de nuevo a la mesa a retirar vasos vacíos. Yo la miré. Porcelana Iniesta me miró. Todos mis colegas nos miraron y se hizo el silencio. Sentía que tenía que decir algo... en lituano. Así que alcé mi pinta, sonreí y grité con decisión "¡Sabonis, Arvydas Sabonis!"

Y quedé como dios. Porque Porcelana volvió a sonreír y, dándome una palmadita en el hombro, me contestó "¡muy bien!" Gracias. Todos los presentes en la mesa asentían moviendo sus cabezas de arriba a abajo.

Estaba seguro de que en cualquier momento alguien diría algo. Que a alguno le sonaría el nombre de Sabonis. Pero no.

Aquella noche, yo fui un experto filólogo lituano. Con un ligero acento de Kaunas, quizás. Nada que no se pueda pulir con unos partidos de Euroliga.


Un abrazo grande, sincero y fraternal a todos los que habéis disfrutado viendo jugar a Sabonis, Arvydas Sabonis.

lunes, 5 de agosto de 2013

CUANDO DUELEN LAS PIERNAS

Hace unos años un aficionado le preguntó a Pedro Delgado cuál era el mejor momento para atacar. Fue en una de esas interminables etapas del Tour de Francia, con infinitos planos aéreos del pelotón y ruido de helicóptero de fondo. Tras pensarlo un par de segundos, Perico contestó: “Cuando más te duelan las piernas.” Magistral.

Cuando más te duelan las piernas, porque entonces “también les dolerán a los demás; nadie esperará tu ataque y nadie podrá seguirte.” Y luego a Perico le entró la risa y puntualizó que lo difícil no era saber cuándo atacar, sino encontrar las fuerzas para poder hacerlo cuando llegase el momento.

Esa frase me vuelve a la mente cada cierto tiempo. Sobre todo, cuando la carretera se pone cuesta arriba y se agotan las reservas. Como un espejismo en el desierto. Esos entrenamientos infinitos para un maratón, por ejemplo, intentando darle sentido a un castigo físico absurdo. “Ahora”, me digo, “ahora que estoy reventado es cuando tengo que apretar.

Bien pensado, las palabras de Perico alcanzan una profundidad mayor. Dolor y esfuerzo. Aumentar la fuerza en el momento de mayor sufrimiento. No hace falta hablar de piernas cansadas. Qué va, hombre. Uno se recupera de un maratón al día siguiente. O, como mucho, una semana después.

Pero hay dolores que duran más, esfuerzos que desgastan sin tregua, situaciones que te ponen a prueba día a día. Como los desgraciados que nos levantamos cada mañana sin trabajo estable, fijo o como quiera que se llame. Y nos ponemos a revisar el currículum por enésima vez intentando descifrar dónde está el fallo. Como si hubiese un fallo que descifrar. Y no se puede bajar los brazos. Hay que seguir pedaleando cada día y, si puedes, incluso con más fuerza.

Como los que reciben una patada en la entrepierna. A traición, sin aviso. Y se convencen de que no es una putada, sino una oportunidad de vivir una nueva experiencia. Y lo hacen con tanta determinación que terminan por contagiarte su confianza. Y se animan y se ponen de pie y caminan y aceleran.

Como esos amigos que pierden familiares y reaccionan diciéndote que hay que disfrutar la vida. Que ésa es la idea. Continuar hacia adelante. Encontrar fuerzas cuando más duelen las piernas.

Como Edu Schell, que se quita la toga de bonvivant y se pone el traje de superhéroe. Para salvar a su hijo. Y encuentra fuerzas para enfrentarse al abismo y movilizar a los gigantes más grandes, a todo el universo del deporte, buscando #medulaparamateo

Perico Delgado tenía razón. El momento de apretar los dientes y atacar es ahora. Cuando más duelen las piernas, cuando duelen de verdad, sólo quedan dos opciones: sentarse y resoplar o ponerse de pie y dar todo lo que te quede dentro.

miércoles, 3 de julio de 2013

EL PIANO

Prometí a Enrique que escribiría alguna historia sobre sexo. El problema es que la mayoría suele tener un final decepcionante. Pase lo que pase. El interés aumenta según avanza la trama, pero al conocer el desenlace, la fascinación se desvanece. Rápidamente.

La consumación de una historia sobre sexo suele traicionar las expectativas. Y no es culpa de la realidad; es sólo que nuestras fantasías eran mejores. Esto me lleva al otoño de 2005 en Pisa.

No recuerdo cómo se llamaba ella, pero era insoportable. Me inventaré un nombre. No sé. Pongamos Constance. Siempre había sido la primera de su clase. Y quizás también de la siguiente. Había estado un puñado de años en el Conservatorio de París, hablaba cinco idiomas y preparaba su tesis sobre la Literatura Rusa del siglo XIX, en concreto, sobre unas narraciones cortas de Nikolái Gogol. Constance tenía 22 años y a uno le costaba imaginarse qué haría con la vida que tenía por delante.

La conocí en un curso de italiano. Era insoportable, aunque no era desagradable físicamente. No del todo. En el primer café soltó una frase que se me quedó grabada a fuego. “¿Quién podría vivir en una ciudad sin biblioteca?”, se preguntaba en voz alta. Y yo asentía en silencio cuestionándome qué lugar ocupaba una biblioteca en mi lista de prioridades exigibles a una ciudad.

Vivir sin biblioteca. Constance estudiaba mucho. Y cuando no estudiaba, le costaba socializarse. Conversaciones demasiado eruditas, con tendencia a meter la pata. Citaba frases de autores célebres en sus lenguas originales y luego nos miraba sorprendida porque no la habíamos entendido. “¿No lo conocéis? Es de Charles Baudelaire. Bueno, dejadlo. Da igual.

No sé por qué, pero coincidimos en una fiesta. Era en el piso de unos italianos. Había unas treinta personas, vino, cerveza, música trendy y poco más. Demasiado para Constance, que se paseaba por aquel apartamento sin hablar con nadie, con los brazos cruzados y una sonrisa postiza. El viejo recurso de sonreír para integrarse.

¡Perdón! Se me olvidaba que esto era una historia de sexo.

Me acerqué a ella para preguntarle si se lo estaba pasando bien. A pesar de intuir la respuesta, tenía curiosidad por saber qué me diría. “Todo muy bien. Hacía tiempo que no estaba en una fiesta como ésta. Pero me iré pronto, que mañana tengo que madrugar.” Una pena.

En ese momento se presentó mi amigo Maurizio. Lo había conocido meses antes en un bar donde ponían todos los partidos del Inter de Milán. “¿No me presentas a tu amiga?” La situación me hizo gracia. No sé qué planes tenía el ingenuo Mauri, pero me daba la sensación de que se equivocaba de chica para sus propósitos. Aún así, los presenté y les di espacio. Para que se conociesen.

Yo deambulaba como uno suele hacer en esa clase de fiesta. Saludos a éste y a aquél recordando entre risas el día que casi salvamos el mundo. Batallitas de ese tipo. Cada vez que tenía ocasión, vigilaba a Constance y Mauri. Para mi sorpresa, conversaban animosamente. Él reía tras cada frase de ella y ella parecía cada vez más relajada, más cómoda, más normal.

En cierto momento, Mauri se alejó haciéndole un pequeño gesto de complicidad y yo aproveché el momento para aproximarme a Constance. Le pregunté qué tal con Mauri. “¡Muy bien!”, me respondió emocionada. “No sabía que tuvieses amigos tan interesantes. Me ha dicho que le encanta la música clásica, sobre todo, la del Barroco. ¡Como a mi! ¿Te lo puedes creer?

Obviamente, no.

Conocía a Mauri lo suficiente para estar seguro de que no tenía ni un disco de música clásica. De Sonic Youth, sí, pero de música clásica, no. De hecho, habría apostado que no sabía ni a qué siglos correspondía el Barroco. Conocía a Mauri lo suficiente para estar seguro de que se habría declarado fan acérrimo de la obra de Gonzalo de Berceo ante la posibilidad de no volver solo a casa.

¡Y tiene un piano!” Me tuve que quedar pálido. “¿No lo sabías? Mauri me ha dicho que tiene un piano en su habitación. Ha ido a por sus cosas. Nos vamos a su casa porque dice que podemos tocar el piano hasta tarde, que no molestamos a nadie.

Un piano. Qué ruin. Qué desesperado. Qué... humano.

Cuando apareció Mauri, lo miré conteniendo la risa. Un piano. ¿Cómo había llegado hasta ahí? Justo antes de salir de la fiesta, se giró y se le escapó una mueca de triunfo. Mauri y Constance se fueron juntos. A casa de Mauri. A medianoche. A tocar el piano.

Una historia de sexo. La fantasía no decepciona; la realidad, sí.

Quizás debería dejarlo aquí. Sigo.

Al día siguiente vi a Constance y, como es lógico, le pregunté qué tal con Mauri.

Tras hacer un gesto de desdén, me contestó indignada: “¡No te lo vas a creer!” Ponme a prueba, rubia. “Fuimos a su casa, llegamos a su habitación y... ¡no tenía piano!

¡Oh, Dios! Mauri no tenía piano. A Mauri no le gustaba la música barroca del siglo XVII y, lo que era aún peor, no tenía piano.

¿Y tú qué hiciste, Constance?” Y levantó la barbilla orgullosa para responderme: “Pues, como no había piano, me fui.

La fantasía no decepciona; la realidad, sí.


Incluso hoy no puedo evitar pensar en Mauri. En su rostro contrariado al quedarse solo en mitad de su habitación. Sin Constance y sin piano. Protagonista involuntario de otra decepcionante historia de sexo. Porque al final la fascinación se desvanece. Rápidamente. Sobre todo, si no tienes un buen piano.

sábado, 29 de junio de 2013

MEMORIAS DEL BAR PARPADISTA

Me gusta imaginar que hay un bar donde siempre suena el “OK Computer” de Radiohead. Una y otra vez. Desde el verano de 1997. Un lugar donde se rinde culto al párpado caído de Thom Yorke. Un antro oscuro, como el taberna de Moe, pero más sombrío, más estrecho, más lúgubre.

In an interstellar burst
I am back to save the universe

El camarero del bar parpadista se parece a Iggy Pop. Se tiene que parecer a Iggy, por fuerza. Uno de esos tipos que escucha miserias ajenas sin inmutarse mientras seca los vasos que salen del lavavajillas con el delantal. Siempre con el mismo delantal. Y a cada desventura narrada responde encogiéndose de hombros y asintiendo en silencio. Algo así como “si yo te entiendo, colega, pero la vida es así: una putada detrás de otra”.

What's that?
(I may be paranoid, but not an android)

En el bar parpadista los clientes no piden. Se sientan en el mismo taburete, apoyan los codos en la barra y saludan al Falso Iggy levantando levemente las cejas. El camarero, aparentemente distraído pero siempre atento, les pone una cerveza. En vaso grande. Todo en silencio, mientras suena el “OK Computer”. Una y otra vez.

I'd show them the stars, and the meaning of life
They'd shut me away, but I'd be alright

Una atmósfera etérea se apodera del antro. Realmente, no son canciones. Parecen sonidos creados en el siglo XX para perdurar en el tiempo. Sensaciones producidas por el movimiento vibratorio de los cuerpos, que se transmiten por un medio elástico. Como el aire.

Breathe, keep breathing
I can't do this alone

Imagino que al final de la barra, entre todos los clientes, se sienta Chris Martin. Escucha la música abstraído, con la mirada perdida en su cerveza. De vez en cuando, traga saliva y levanta los ojos hacia el ventilador que gira colgado del techo. Resopla y pega un puñetazo sobre la barra. El Falso Iggy le repite “no te tortures, Chris, la vida es así”. Se lo repite en tono cansino, sabiendo que Chris vivirá siempre con ese peso sobre sus hombros.

Crushed like a bug in the ground
Let down and hanging around

También entra Francis Healy y se sienta en el otro extremo de la barra. Levanta el dedo para llamar la atención del Falso Iggy, que le lleva una cerveza. Francis da un par de sorbos y luego comenta: “¿os he contado alguna vez que yo cantaba en un grupo?”. “Demasiadas”, le responde el Falso Iggy. Chris Martin ni se gira. Y mientras el “OK Computer” sigue sonando en el bar parpadista.

I've given all I can
It's not enough

En algún momento se abre la puerta del bar parpadista y aparece Matt Bellamy. Sube a un taburete de un saltito y mira a izquierda y derecha. “¿Qué pasa, tíos?”. Chris Martin continúa perdido en su vaso, mientras Francis se pone el dedo índice en los labios. “¿Vas a querer algo o has venido a tocar las pelotas?”, le pregunta el Falso Iggy. “Tranqui, ponme un zumo de ciruela light”. Y mientras espera, juguetea con los dedos sobre la barra intentando seguir el ritmo del “OK Computer”.

An empowered and informed member of society (pragmatism not idealism)
Will not cry in public

El Falso Iggy le trae una cerveza. “¡Hey! Esto no es lo que te he pedido”, dice Matt indignado. Y el Falso Iggy lo fusila con una mirada que lo deja callado para lo que queda de madrugada. Vuelve el silencio al bar parpadista y el “OK Computer” lo inunda todo.

When I go forwards you go backwards and somewhere we will meet

Martin Gore y David Gahan entran de repente. Llegan sonriendo y saludan al Falso Iggy. De buen rollazo. Luego echan un vistazo a la barra y agitan la mano en plan “vaya tela”. Hacen un gesto señalando una mesa al fondo, reservada para ellos. El Falso Iggy levanta la barbilla para devolver el saludo, mientras prepara una gran jarra de cerveza para ellos. Martin y David hablan flojito, relajados, sin perder la sonrisa, disfrutando ese momento.

And either way you turn
I'll be there

Pronto se les unen Paul David Hewson y David Howell Evans. El Falso Iggy llena otra jarra grande, la lleva hasta la mesa y aprovecha para saludarlos. Susurran, ríen y se dan palmaditas en la espalda como si recordasen los buenos tiempos.

A job that slowly kills you
Bruises that won't heal

Los clientes de la barra los miran de reojo entre canción y canción. Pero a ellos no les importa. No se siente observados. Y, si lo están, les da igual. Siguen a su bola. El Falso Iggy se despide con un “a esta ronda invito yo”, aunque recupera el rostro avinagrado en cuanto se da media vuelta.

I'm on a roll, I'm on a roll
This time, I feel my luck could change

Termina el disco y cesa la música. Las conversaciones de las mesas se apagan y se hace el silencio. Chris Martin empuja su vaso ya vacío de cerveza hacia el camarero. “Ponme otra... y ponlo otra vez”. El Falso Iggy le sirve, mientras piensa que Chris no debería torturarse, que la vida es así.

Sometimes I get overcharged
That's when you see sparks

Chris se acurruca sobre la barra esperando su cerveza. “Ponlo otra vez, te he dicho”, insiste. Y a continuación se gira hacia el resto de clientes del bar parpadista y grita: “¿Qué pasa? Si yo puedo soportarlo, vosotros también.

Y el Falso Iggy vuelve a dar al play sin decir nada. Luego se pone a secar vasos con su delantal mientras tararea las primeras notas del “OK Computer”. Otra vez.


domingo, 23 de junio de 2013

SPIELBERG, FLORENTINO Y LA FÁBRICA DE SUEÑOS

Pasaba las mañanas de la primavera de 2006 en Borgo Stretto, en Pisa. Me sentaba en la terraza del Settimelli y leía La Gazzetta dello Sport. Desde la primera hasta la última página con un capuccino. Era una especie de ritual que respetaba y repetía con cierta solemnidad.

Me viene a la cabeza un artículo de opinión en el que se comparaba a Florentino Pérez con Steven Spielberg. Sí. Tenía su sentido. En aquella primavera, el Real Madrid navegaba a la deriva. Se zarandeaba en medio de Dios sabe qué tormenta. Creo que el entrenador era un tal López Caro. Creo.

En La Gazzetta dello Sport lo tenían claro: Florentino había montado una fábrica de sueños, pero se equivocaba a la hora de elegir a quienes debían hacerla funcionar. Y ahí entraba Steven Spielberg, el gran fabricante de sueños.

Se apuntaba que Spielberg no sólo era un genio por sus visiones, sino porque sabía rodearse del mejor equipo para hacerlas realidad. Se hablaba de sus habituales, de los guionistas, de los directores de fotografía, de los músicos con los que solía colaborar. Emergían nombres como John Williams o Janusz Kaminski. Los mejores en lo suyo, en sus especialidades.

Porque hacer una película extraordinaria no era cuestión de tener a los mejores actores principales, era algo mucho más complejo. Y volvían a Florentino, a su fijación por coleccionar estrellas, por contratar esos nombres de primera fila que, al fin y al cabo, sólo eran una pequeña parte de la fábrica de sueños que representaba el Real Madrid.

Sería absurdo pagar el caché de Meryl Streep para que fuese maquilladora, el de Tom Cruise para que llevase a cabo la edición de sonido o el de Will Smith para que se ocupase de la dirección artística. En deporte de alto nivel, sin embargo, esas cosas pasan.

El artículo se cerraba con una frase lapidaria: “Spielberg nunca habría dejado marchar a Cambiasso.

Esa comparación entre Spielberg y Florentino me parece cada vez más acertada, sobre todo, en la idea de fondo: construir un equipo.

Construir un equipo. Lo difícil que es eso. Conseguir al mejor para cada tarea. Y una vez encontrados, lo difícil que es poner a todos a trabajar en la misma dirección para formar el mejor grupo posible. Y lo difícil que es mantenerlos a tu lado. Pase lo que pase.

Un equipo es un diseño inacabado. Un esfuerzo continuo. No hay otra manera de verlo.

Los encargados de construir el equipo se enfrentan a ese agotador cometido, a ese trabajo infinito de perfilar un diseño inacabado. Antes, durante y después de la competición. Al igual que un director de cine que debe involucrarse en la película en todo momento. Preproducción, producción y postproducción.

Los primeros en abrir los ojos y los últimos en cerrarlos. Una supervisión constante. Como en una fábrica.

Porque el público pagará por ver estrellas. De eso no hay duda. Pero luego de camino a casa se planteará si el espectáculo ha merecido la pena, si ha estado a la altura de las expectativas. De eso dependerá que hable bien de ello a sus amigos, que lo apoye, que lo recomiende, que incluso lo defienda incondicionalmente. Y llegado el momento, de eso dependerá que vuelva a pagar por verlo.

Por eso, mientras algunos parecen obsesionados por cazar estrellas, Spielberg lleva cuatro décadas siendo el mejor fabricante de sueños.

miércoles, 19 de junio de 2013

EL ESPÍRITU DE FLORIAN

A Florian no le habíamos engañado, pero casi. José Carlos y yo le habíamos contado lo bonita que era la carrera de Blanca: 10 kilómetros de atletismo popular, la tarde del último sábado de junio, a orillas del río Segura, a los pies del valle de Ricote. Una cosa preciosa.

Se nos había olvidado comentarle que la temperatura superaría los 30 grados. Y que la humedad se le pegaría a la garganta y a los pulmones, como un motor gasolina al que le ponen diésel. ¡Ah! Y que ninguno de los 10.000 metros de la carrera era plano.

Detalles. Detallitos que se nos habían pasado. Detallitos que no conocía Florian, un alemán rubio y de piel blanca que entonces sólo era un proyecto de corredor popular.

Antes del primer kilómetro, ya tenía dificultad para seguir al pelotón. No quería que lo esperásemos. No quería que lo esperase nadie. Antes del segundo kilómetro se había quedado solo, con la única compañía del coche escoba.

“¿Cómo le has hecho esto a Florian?”, le preguntaba yo una y otra vez a José Carlos. Y José Carlos se encogía de hombros y me contestaba: “él quería correr y, si le hubiese contado toda la verdad, no habría corrido.” Así de simple.

A pesar del calor, de la humedad y del escarpado trazado, Florian llegó a meta. Antepenúltimo.

Toda la carrera prácticamente en solitario. Hay que estar ahí para saber lo que eso supone. La exigencia física. El desgaste mental.

Si yo hubiese sido Florian, quizás me habría retirado y seguro que habría retirado la palabra a todos. A todos los que me hubiesen dicho que la carrera “era bonita”. A todos los que me hubiesen ocultado los detalles del recorrido. A todos los que me hubiesen dejado solo por aquellas carreteras de Dios. A todos. A todos.

Por suerte, el espíritu de Florian era diferente. Cruzó la meta exhausto y, en cuanto recuperó el resuello, sonrió.

Satisfecho. Contento. Exultante.

Primero se abrazó a su novia. Sudor y lágrimas. Luego lo felicitamos los demás. Uno por uno. Admirando una gesta soberbia. Un ejemplo de superación. Una hazaña agonística. Y él nos daba las gracias. A nosotros, que habíamos convertido el valle de Ricote en las Termópilas

Lo rodeamos deseando saber más sobre su aventura. “Hubo un momento en que pensé que me quedaría último, pero al final he adelantado a dos”, contaba a una audiencia emocionada.

Todo aquello me superaba. Hay gente así. Hay gente con ese espíritu. Hay gente como Florian.

El espíritu de Florian. Alegrarse por haberlo conseguido. Motivarse con pequeños hitos que superar. Encontrar el lado positivo de cada momento, incluso cuando no quedan fuerzas. Incluso cuando cuesta respirar.

El espíritu de Florian. No culpar a nadie de los obstáculos del camino. Enfrentarse a ellos. Superarlos. Seguir adelante.


Hasta llegar a meta. Sin aliento. Con una sonrisa.




viernes, 14 de junio de 2013

EL VALOR DE LAS IDEAS

Estaba pensando en el valor de las ideas y me he acordado de Curro.

Hace quince años que no lo veo. Pero no me he olvidado de él. De hecho, seguro que lo recuerda todo el que alguna vez lo ha conocido. Seguro. Un sevillano bajito, con el pelo negro rizado y una cara de sinvergüenza que no podía (ni quería) disimular.

Curro usaba la ropa de su padre. En serio. Lo hacía por comodidad. Por no ir hasta la tienda. Por no tener que elegir. En definitiva, por no calentarse la cabeza.

“Tú no inventes; mira con atención lo que hacen los demás y, cuando veas que algo funciona, lo copias.” Me decía. Me repetía.

Menudo personaje.

Estudiaba Empresariales. O un máster en empresas. O algo así. Sabía que trabajaría en la empresa de su padre y que, si todo iba bien, se haría cargo de ella en el futuro. Tenía veintipocos años y todo estaba previsto.

Cada vez que tenía oportunidad, Curro compraba productos de la competencia. Siempre de la competencia. Para saber cómo trabajaban. Para conocer sus virtudes y, sobre todo, sus defectos. “Mira el color de estas aceitunas.” Y sacaba una del tarro. Con cuidado, para no manchar la camisa de su padre. Y la abría con los dedos sólo para enseñarme el interior. “Míralas bien; están marrones. Marrones por dentro.”

Curro escuchaba. Atentamente. Me di cuenta jugando al mus. Con él y contra él. Escuchaba atentamente. No para ganar, sino para aprender. Y no sólo para aplicarlo a las partidas de cartas, sino para cualquier cosa que pudiese surgir.

“No hace falta tener ideas, sólo copiar las buenas”, insistía como si parafrasease Big Ideas de Radiohead.

El día que volvió a Sevilla vino a recogerlo un Mercedes blanco. Lo sé. Suena raro, pero fue así. Curro no hizo su maleta como los demás; él compró un rollo de sacos de basura y fue metiendo la ropa (de su padre) dentro. Y sus libros. Y todo lo que había en su escritorio.

“Nunca he hecho mi maleta. Además, es más rápido así”, comentaba mientras volcaba los cajones en las bolsas.

Con el tiempo he pensado que nunca había hecho su maleta porque nunca había visto a nadie hacer una maleta. Porque no había podido mirar atentamente cómo se hace una maleta. Porque nunca había tenido la ocasión ni el interés por aprenderlo.

Le ayudé a bajar uno de los sacos hasta el Mercedes blanco. Nos despedimos en Gran Vía. 
Y no he vuelto a verlo.

Un tipo particular. Único. Inolvidable. Y es curioso.

Es curioso porque un tipo que, según él, nunca había tenido una idea propia pasa por ser uno de los personajes más originales que he conocido.


Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Cuál es el valor de las ideas? ¿Tenerlas o saber apreciarlas?