viernes, 14 de junio de 2013

EL VALOR DE LAS IDEAS

Estaba pensando en el valor de las ideas y me he acordado de Curro.

Hace quince años que no lo veo. Pero no me he olvidado de él. De hecho, seguro que lo recuerda todo el que alguna vez lo ha conocido. Seguro. Un sevillano bajito, con el pelo negro rizado y una cara de sinvergüenza que no podía (ni quería) disimular.

Curro usaba la ropa de su padre. En serio. Lo hacía por comodidad. Por no ir hasta la tienda. Por no tener que elegir. En definitiva, por no calentarse la cabeza.

“Tú no inventes; mira con atención lo que hacen los demás y, cuando veas que algo funciona, lo copias.” Me decía. Me repetía.

Menudo personaje.

Estudiaba Empresariales. O un máster en empresas. O algo así. Sabía que trabajaría en la empresa de su padre y que, si todo iba bien, se haría cargo de ella en el futuro. Tenía veintipocos años y todo estaba previsto.

Cada vez que tenía oportunidad, Curro compraba productos de la competencia. Siempre de la competencia. Para saber cómo trabajaban. Para conocer sus virtudes y, sobre todo, sus defectos. “Mira el color de estas aceitunas.” Y sacaba una del tarro. Con cuidado, para no manchar la camisa de su padre. Y la abría con los dedos sólo para enseñarme el interior. “Míralas bien; están marrones. Marrones por dentro.”

Curro escuchaba. Atentamente. Me di cuenta jugando al mus. Con él y contra él. Escuchaba atentamente. No para ganar, sino para aprender. Y no sólo para aplicarlo a las partidas de cartas, sino para cualquier cosa que pudiese surgir.

“No hace falta tener ideas, sólo copiar las buenas”, insistía como si parafrasease Big Ideas de Radiohead.

El día que volvió a Sevilla vino a recogerlo un Mercedes blanco. Lo sé. Suena raro, pero fue así. Curro no hizo su maleta como los demás; él compró un rollo de sacos de basura y fue metiendo la ropa (de su padre) dentro. Y sus libros. Y todo lo que había en su escritorio.

“Nunca he hecho mi maleta. Además, es más rápido así”, comentaba mientras volcaba los cajones en las bolsas.

Con el tiempo he pensado que nunca había hecho su maleta porque nunca había visto a nadie hacer una maleta. Porque no había podido mirar atentamente cómo se hace una maleta. Porque nunca había tenido la ocasión ni el interés por aprenderlo.

Le ayudé a bajar uno de los sacos hasta el Mercedes blanco. Nos despedimos en Gran Vía. 
Y no he vuelto a verlo.

Un tipo particular. Único. Inolvidable. Y es curioso.

Es curioso porque un tipo que, según él, nunca había tenido una idea propia pasa por ser uno de los personajes más originales que he conocido.


Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Cuál es el valor de las ideas? ¿Tenerlas o saber apreciarlas?

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