Estaba pensando en el valor de las
ideas y me he acordado de Curro.
Hace quince años que no lo veo. Pero
no me he olvidado de él. De hecho, seguro que lo recuerda todo el
que alguna vez lo ha conocido. Seguro. Un sevillano bajito, con el
pelo negro rizado y una cara de sinvergüenza que no podía (ni
quería) disimular.
Curro usaba la ropa de su padre. En
serio. Lo hacía por comodidad. Por no ir hasta la tienda. Por no
tener que elegir. En definitiva, por no calentarse la cabeza.
“Tú no inventes; mira con atención
lo que hacen los demás y, cuando veas que algo funciona, lo copias.”
Me decía. Me repetía.
Menudo personaje.
Estudiaba Empresariales. O un máster
en empresas. O algo así. Sabía que trabajaría en la empresa de su
padre y que, si todo iba bien, se haría cargo de ella en el futuro.
Tenía veintipocos años y todo estaba previsto.
Cada vez que tenía oportunidad, Curro
compraba productos de la competencia. Siempre de la competencia. Para
saber cómo trabajaban. Para conocer sus virtudes y, sobre todo, sus
defectos. “Mira el color de estas aceitunas.” Y sacaba una del
tarro. Con cuidado, para no manchar la camisa de su padre. Y la abría
con los dedos sólo para enseñarme el interior. “Míralas bien;
están marrones. Marrones por dentro.”
Curro escuchaba. Atentamente. Me di
cuenta jugando al mus. Con él y contra él. Escuchaba atentamente.
No para ganar, sino para aprender. Y no sólo para aplicarlo a las
partidas de cartas, sino para cualquier cosa que pudiese surgir.
“No hace falta tener ideas, sólo copiar las buenas”, insistía como si parafrasease Big Ideas de Radiohead.
El día que volvió a Sevilla vino a
recogerlo un Mercedes blanco. Lo sé. Suena raro, pero fue así.
Curro no hizo su maleta como los demás; él compró un rollo de
sacos de basura y fue metiendo la ropa (de su padre) dentro. Y sus
libros. Y todo lo que había en su escritorio.
“Nunca he hecho mi maleta. Además,
es más rápido así”, comentaba mientras volcaba los cajones en
las bolsas.
Con el tiempo he pensado que nunca
había hecho su maleta porque nunca había visto a nadie hacer una
maleta. Porque no había podido mirar atentamente cómo se hace una
maleta. Porque nunca había tenido la ocasión ni el interés por
aprenderlo.
Le ayudé a bajar uno de los sacos
hasta el Mercedes blanco. Nos despedimos en Gran Vía.
Y no he vuelto
a verlo.
Un tipo particular. Único.
Inolvidable. Y es curioso.
Es curioso porque un tipo que, según él, nunca había
tenido una idea propia pasa por ser uno de los personajes más
originales que he conocido.
Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Cuál es el valor de las ideas?
¿Tenerlas o saber apreciarlas?
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