domingo, 23 de junio de 2013

SPIELBERG, FLORENTINO Y LA FÁBRICA DE SUEÑOS

Pasaba las mañanas de la primavera de 2006 en Borgo Stretto, en Pisa. Me sentaba en la terraza del Settimelli y leía La Gazzetta dello Sport. Desde la primera hasta la última página con un capuccino. Era una especie de ritual que respetaba y repetía con cierta solemnidad.

Me viene a la cabeza un artículo de opinión en el que se comparaba a Florentino Pérez con Steven Spielberg. Sí. Tenía su sentido. En aquella primavera, el Real Madrid navegaba a la deriva. Se zarandeaba en medio de Dios sabe qué tormenta. Creo que el entrenador era un tal López Caro. Creo.

En La Gazzetta dello Sport lo tenían claro: Florentino había montado una fábrica de sueños, pero se equivocaba a la hora de elegir a quienes debían hacerla funcionar. Y ahí entraba Steven Spielberg, el gran fabricante de sueños.

Se apuntaba que Spielberg no sólo era un genio por sus visiones, sino porque sabía rodearse del mejor equipo para hacerlas realidad. Se hablaba de sus habituales, de los guionistas, de los directores de fotografía, de los músicos con los que solía colaborar. Emergían nombres como John Williams o Janusz Kaminski. Los mejores en lo suyo, en sus especialidades.

Porque hacer una película extraordinaria no era cuestión de tener a los mejores actores principales, era algo mucho más complejo. Y volvían a Florentino, a su fijación por coleccionar estrellas, por contratar esos nombres de primera fila que, al fin y al cabo, sólo eran una pequeña parte de la fábrica de sueños que representaba el Real Madrid.

Sería absurdo pagar el caché de Meryl Streep para que fuese maquilladora, el de Tom Cruise para que llevase a cabo la edición de sonido o el de Will Smith para que se ocupase de la dirección artística. En deporte de alto nivel, sin embargo, esas cosas pasan.

El artículo se cerraba con una frase lapidaria: “Spielberg nunca habría dejado marchar a Cambiasso.

Esa comparación entre Spielberg y Florentino me parece cada vez más acertada, sobre todo, en la idea de fondo: construir un equipo.

Construir un equipo. Lo difícil que es eso. Conseguir al mejor para cada tarea. Y una vez encontrados, lo difícil que es poner a todos a trabajar en la misma dirección para formar el mejor grupo posible. Y lo difícil que es mantenerlos a tu lado. Pase lo que pase.

Un equipo es un diseño inacabado. Un esfuerzo continuo. No hay otra manera de verlo.

Los encargados de construir el equipo se enfrentan a ese agotador cometido, a ese trabajo infinito de perfilar un diseño inacabado. Antes, durante y después de la competición. Al igual que un director de cine que debe involucrarse en la película en todo momento. Preproducción, producción y postproducción.

Los primeros en abrir los ojos y los últimos en cerrarlos. Una supervisión constante. Como en una fábrica.

Porque el público pagará por ver estrellas. De eso no hay duda. Pero luego de camino a casa se planteará si el espectáculo ha merecido la pena, si ha estado a la altura de las expectativas. De eso dependerá que hable bien de ello a sus amigos, que lo apoye, que lo recomiende, que incluso lo defienda incondicionalmente. Y llegado el momento, de eso dependerá que vuelva a pagar por verlo.

Por eso, mientras algunos parecen obsesionados por cazar estrellas, Spielberg lleva cuatro décadas siendo el mejor fabricante de sueños.

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