Pasaba las mañanas de la primavera de
2006 en Borgo Stretto, en Pisa. Me sentaba en la terraza del
Settimelli y leía La Gazzetta dello Sport. Desde la primera hasta la
última página con un capuccino. Era una especie de ritual que respetaba y repetía
con cierta solemnidad.
Me viene a la cabeza un artículo de
opinión en el que se comparaba a Florentino Pérez con Steven
Spielberg. Sí. Tenía su sentido. En aquella primavera, el Real
Madrid navegaba a la deriva. Se zarandeaba en medio de Dios sabe qué
tormenta. Creo que el entrenador era un tal López Caro. Creo.
En La Gazzetta dello Sport lo tenían
claro: Florentino había montado una fábrica de sueños, pero se
equivocaba a la hora de elegir a quienes debían hacerla funcionar. Y
ahí entraba Steven Spielberg, el gran fabricante de sueños.
Se apuntaba que Spielberg no sólo era
un genio por sus visiones, sino porque sabía rodearse del mejor
equipo para hacerlas realidad. Se hablaba de sus habituales, de los
guionistas, de los directores de fotografía, de los músicos con los
que solía colaborar. Emergían nombres como John Williams o Janusz
Kaminski. Los mejores en lo suyo, en sus especialidades.
Porque hacer una película
extraordinaria no era cuestión de tener a los mejores actores
principales, era algo mucho más complejo. Y volvían a Florentino, a
su fijación por coleccionar estrellas, por contratar esos nombres de
primera fila que, al fin y al cabo, sólo eran una pequeña parte de
la fábrica de sueños que representaba el Real Madrid.
Sería absurdo pagar el caché de Meryl
Streep para que fuese maquilladora, el de Tom Cruise para que llevase
a cabo la edición de sonido o el de Will Smith para que se ocupase
de la dirección artística. En deporte de alto nivel, sin embargo,
esas cosas pasan.
El artículo se cerraba con una frase
lapidaria: “Spielberg nunca habría dejado marchar a Cambiasso.”
Esa comparación entre Spielberg y
Florentino me parece cada vez más acertada, sobre todo, en la idea
de fondo: construir un equipo.
Construir un equipo. Lo difícil que es
eso. Conseguir al mejor para cada tarea. Y una vez encontrados, lo
difícil que es poner a todos a trabajar en la misma dirección para
formar el mejor grupo posible. Y lo difícil que es mantenerlos a tu
lado. Pase lo que pase.
Un equipo es un diseño inacabado. Un
esfuerzo continuo. No hay otra manera de verlo.
Los encargados de construir el equipo
se enfrentan a ese agotador cometido, a ese trabajo infinito de
perfilar un diseño inacabado. Antes, durante y después de la
competición. Al igual que un director de cine que debe involucrarse
en la película en todo momento. Preproducción, producción y
postproducción.
Los primeros en abrir los ojos y los
últimos en cerrarlos. Una supervisión constante. Como en una
fábrica.
Porque el público pagará por ver
estrellas. De eso no hay duda. Pero luego de camino a casa se
planteará si el espectáculo ha merecido la pena, si ha estado a la
altura de las expectativas. De eso dependerá que hable bien de
ello a sus amigos, que lo apoye, que lo recomiende, que incluso lo
defienda incondicionalmente. Y llegado el momento, de eso dependerá
que vuelva a pagar por verlo.
Por eso, mientras algunos parecen
obsesionados por cazar estrellas, Spielberg lleva cuatro décadas
siendo el mejor fabricante de sueños.
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