miércoles, 3 de julio de 2013

EL PIANO

Prometí a Enrique que escribiría alguna historia sobre sexo. El problema es que la mayoría suele tener un final decepcionante. Pase lo que pase. El interés aumenta según avanza la trama, pero al conocer el desenlace, la fascinación se desvanece. Rápidamente.

La consumación de una historia sobre sexo suele traicionar las expectativas. Y no es culpa de la realidad; es sólo que nuestras fantasías eran mejores. Esto me lleva al otoño de 2005 en Pisa.

No recuerdo cómo se llamaba ella, pero era insoportable. Me inventaré un nombre. No sé. Pongamos Constance. Siempre había sido la primera de su clase. Y quizás también de la siguiente. Había estado un puñado de años en el Conservatorio de París, hablaba cinco idiomas y preparaba su tesis sobre la Literatura Rusa del siglo XIX, en concreto, sobre unas narraciones cortas de Nikolái Gogol. Constance tenía 22 años y a uno le costaba imaginarse qué haría con la vida que tenía por delante.

La conocí en un curso de italiano. Era insoportable, aunque no era desagradable físicamente. No del todo. En el primer café soltó una frase que se me quedó grabada a fuego. “¿Quién podría vivir en una ciudad sin biblioteca?”, se preguntaba en voz alta. Y yo asentía en silencio cuestionándome qué lugar ocupaba una biblioteca en mi lista de prioridades exigibles a una ciudad.

Vivir sin biblioteca. Constance estudiaba mucho. Y cuando no estudiaba, le costaba socializarse. Conversaciones demasiado eruditas, con tendencia a meter la pata. Citaba frases de autores célebres en sus lenguas originales y luego nos miraba sorprendida porque no la habíamos entendido. “¿No lo conocéis? Es de Charles Baudelaire. Bueno, dejadlo. Da igual.

No sé por qué, pero coincidimos en una fiesta. Era en el piso de unos italianos. Había unas treinta personas, vino, cerveza, música trendy y poco más. Demasiado para Constance, que se paseaba por aquel apartamento sin hablar con nadie, con los brazos cruzados y una sonrisa postiza. El viejo recurso de sonreír para integrarse.

¡Perdón! Se me olvidaba que esto era una historia de sexo.

Me acerqué a ella para preguntarle si se lo estaba pasando bien. A pesar de intuir la respuesta, tenía curiosidad por saber qué me diría. “Todo muy bien. Hacía tiempo que no estaba en una fiesta como ésta. Pero me iré pronto, que mañana tengo que madrugar.” Una pena.

En ese momento se presentó mi amigo Maurizio. Lo había conocido meses antes en un bar donde ponían todos los partidos del Inter de Milán. “¿No me presentas a tu amiga?” La situación me hizo gracia. No sé qué planes tenía el ingenuo Mauri, pero me daba la sensación de que se equivocaba de chica para sus propósitos. Aún así, los presenté y les di espacio. Para que se conociesen.

Yo deambulaba como uno suele hacer en esa clase de fiesta. Saludos a éste y a aquél recordando entre risas el día que casi salvamos el mundo. Batallitas de ese tipo. Cada vez que tenía ocasión, vigilaba a Constance y Mauri. Para mi sorpresa, conversaban animosamente. Él reía tras cada frase de ella y ella parecía cada vez más relajada, más cómoda, más normal.

En cierto momento, Mauri se alejó haciéndole un pequeño gesto de complicidad y yo aproveché el momento para aproximarme a Constance. Le pregunté qué tal con Mauri. “¡Muy bien!”, me respondió emocionada. “No sabía que tuvieses amigos tan interesantes. Me ha dicho que le encanta la música clásica, sobre todo, la del Barroco. ¡Como a mi! ¿Te lo puedes creer?

Obviamente, no.

Conocía a Mauri lo suficiente para estar seguro de que no tenía ni un disco de música clásica. De Sonic Youth, sí, pero de música clásica, no. De hecho, habría apostado que no sabía ni a qué siglos correspondía el Barroco. Conocía a Mauri lo suficiente para estar seguro de que se habría declarado fan acérrimo de la obra de Gonzalo de Berceo ante la posibilidad de no volver solo a casa.

¡Y tiene un piano!” Me tuve que quedar pálido. “¿No lo sabías? Mauri me ha dicho que tiene un piano en su habitación. Ha ido a por sus cosas. Nos vamos a su casa porque dice que podemos tocar el piano hasta tarde, que no molestamos a nadie.

Un piano. Qué ruin. Qué desesperado. Qué... humano.

Cuando apareció Mauri, lo miré conteniendo la risa. Un piano. ¿Cómo había llegado hasta ahí? Justo antes de salir de la fiesta, se giró y se le escapó una mueca de triunfo. Mauri y Constance se fueron juntos. A casa de Mauri. A medianoche. A tocar el piano.

Una historia de sexo. La fantasía no decepciona; la realidad, sí.

Quizás debería dejarlo aquí. Sigo.

Al día siguiente vi a Constance y, como es lógico, le pregunté qué tal con Mauri.

Tras hacer un gesto de desdén, me contestó indignada: “¡No te lo vas a creer!” Ponme a prueba, rubia. “Fuimos a su casa, llegamos a su habitación y... ¡no tenía piano!

¡Oh, Dios! Mauri no tenía piano. A Mauri no le gustaba la música barroca del siglo XVII y, lo que era aún peor, no tenía piano.

¿Y tú qué hiciste, Constance?” Y levantó la barbilla orgullosa para responderme: “Pues, como no había piano, me fui.

La fantasía no decepciona; la realidad, sí.


Incluso hoy no puedo evitar pensar en Mauri. En su rostro contrariado al quedarse solo en mitad de su habitación. Sin Constance y sin piano. Protagonista involuntario de otra decepcionante historia de sexo. Porque al final la fascinación se desvanece. Rápidamente. Sobre todo, si no tienes un buen piano.