Prometí a Enrique que escribiría
alguna historia sobre sexo. El problema es que la mayoría suele
tener un final decepcionante. Pase lo que pase. El interés aumenta
según avanza la trama, pero al conocer el desenlace, la fascinación
se desvanece. Rápidamente.
La consumación de una historia sobre
sexo suele traicionar las expectativas. Y no es culpa de la realidad;
es sólo que nuestras fantasías eran mejores. Esto me lleva al otoño
de 2005 en Pisa.
No recuerdo cómo se llamaba ella, pero
era insoportable. Me inventaré un nombre. No sé. Pongamos
Constance. Siempre había sido la primera de su clase. Y quizás
también de la siguiente. Había estado un puñado de años en el
Conservatorio de París, hablaba cinco idiomas y preparaba su tesis
sobre la Literatura Rusa del siglo XIX, en concreto, sobre unas narraciones
cortas de Nikolái Gogol. Constance tenía 22 años y a uno le
costaba imaginarse qué haría con la vida que tenía por
delante.
La conocí en un curso de italiano. Era
insoportable, aunque no era desagradable físicamente. No del todo.
En el primer café soltó una frase que se me quedó grabada a fuego.
“¿Quién podría vivir en una ciudad sin biblioteca?”, se
preguntaba en voz alta. Y yo asentía en silencio cuestionándome qué
lugar ocupaba una biblioteca en mi lista de prioridades exigibles a
una ciudad.
Vivir sin biblioteca. Constance
estudiaba mucho. Y cuando no estudiaba, le costaba socializarse.
Conversaciones demasiado eruditas, con tendencia a meter la pata.
Citaba frases de autores célebres en sus lenguas originales y luego nos miraba
sorprendida porque no la habíamos entendido. “¿No lo conocéis?
Es de Charles Baudelaire. Bueno, dejadlo. Da igual.”
No sé por qué, pero coincidimos en
una fiesta. Era en el piso de unos italianos. Había unas treinta
personas, vino, cerveza, música trendy y poco más. Demasiado para
Constance, que se paseaba por aquel apartamento sin hablar con nadie,
con los brazos cruzados y una sonrisa postiza. El viejo recurso de
sonreír para integrarse.
¡Perdón! Se me olvidaba que esto era
una historia de sexo.
Me acerqué a ella para preguntarle si
se lo estaba pasando bien. A pesar de intuir la respuesta, tenía
curiosidad por saber qué me diría. “Todo muy bien. Hacía tiempo que no estaba en una fiesta como ésta. Pero me iré pronto, que
mañana tengo que madrugar.” Una pena.
En ese momento se presentó mi amigo
Maurizio. Lo había conocido meses antes en un bar donde ponían todos los partidos del
Inter de Milán. “¿No me presentas a tu amiga?” La
situación me hizo gracia. No sé qué planes tenía el ingenuo
Mauri, pero me daba la sensación de que se equivocaba de chica para
sus propósitos. Aún así, los presenté y les di espacio. Para que
se conociesen.
Yo deambulaba como uno suele hacer en
esa clase de fiesta. Saludos a éste y a aquél recordando entre risas
el día que casi salvamos el mundo. Batallitas de ese tipo. Cada vez
que tenía ocasión, vigilaba a Constance y Mauri. Para mi sorpresa,
conversaban animosamente. Él reía tras cada frase de ella y ella
parecía cada vez más relajada, más cómoda, más normal.
En cierto momento, Mauri se alejó
haciéndole un pequeño gesto de complicidad y yo aproveché el momento para
aproximarme a Constance. Le pregunté qué tal con Mauri. “¡Muy
bien!”, me respondió emocionada. “No sabía que tuvieses amigos
tan interesantes. Me ha dicho que le encanta la música clásica,
sobre todo, la del Barroco. ¡Como a mi! ¿Te lo puedes creer?”
Obviamente, no.
Conocía a Mauri lo suficiente para
estar seguro de que no tenía ni un disco de música clásica. De
Sonic Youth, sí, pero de música clásica, no. De hecho, habría
apostado que no sabía ni a qué siglos correspondía el Barroco.
Conocía a Mauri lo suficiente para estar seguro de que se habría
declarado fan acérrimo de la obra de Gonzalo de Berceo ante la
posibilidad de no volver solo a casa.
“¡Y tiene un piano!” Me tuve que
quedar pálido. “¿No lo sabías? Mauri me ha dicho que tiene un
piano en su habitación. Ha ido a por sus cosas. Nos vamos a su casa
porque dice que podemos tocar el piano hasta tarde, que no molestamos
a nadie.”
Un piano. Qué ruin. Qué desesperado.
Qué... humano.
Cuando apareció Mauri, lo miré
conteniendo la risa. Un piano. ¿Cómo había llegado hasta ahí?
Justo antes de salir de la fiesta, se giró y se le escapó una mueca
de triunfo. Mauri y Constance se fueron juntos. A casa de Mauri. A
medianoche. A tocar el piano.
Una historia de sexo. La fantasía no
decepciona; la realidad, sí.
Quizás debería dejarlo aquí. Sigo.
Al día siguiente vi a Constance y,
como es lógico, le pregunté qué tal con Mauri.
Tras hacer un gesto de desdén, me
contestó indignada: “¡No te lo vas a creer!” Ponme a prueba,
rubia. “Fuimos a su casa, llegamos a su habitación y... ¡no tenía
piano!”
¡Oh, Dios! Mauri no tenía piano. A
Mauri no le gustaba la música barroca del siglo XVII y, lo que era
aún peor, no tenía piano.
“¿Y tú qué hiciste, Constance?”
Y levantó la barbilla orgullosa para responderme: “Pues, como no
había piano, me fui.”
La fantasía no decepciona; la
realidad, sí.
Incluso hoy no puedo evitar pensar en
Mauri. En su rostro contrariado al quedarse solo en mitad de su
habitación. Sin Constance y sin piano. Protagonista involuntario de
otra decepcionante historia de sexo. Porque al final la fascinación
se desvanece. Rápidamente. Sobre todo, si no tienes un buen piano.