Hace
unos años un aficionado le preguntó a Pedro Delgado cuál era el
mejor momento para atacar. Fue en una de esas interminables etapas
del Tour de Francia, con infinitos planos aéreos del pelotón y
ruido de helicóptero de fondo. Tras pensarlo un par de segundos,
Perico contestó: “Cuando más te duelan las piernas.” Magistral.
Cuando
más te duelan las piernas, porque entonces “también les dolerán
a los demás; nadie esperará tu ataque y nadie podrá seguirte.” Y
luego a Perico le entró la risa y puntualizó que lo difícil no era
saber cuándo atacar, sino encontrar las fuerzas para poder hacerlo
cuando llegase el momento.
Esa
frase me vuelve a la mente cada cierto tiempo. Sobre todo, cuando la
carretera se pone cuesta arriba y se agotan las reservas. Como un
espejismo en el desierto. Esos entrenamientos infinitos para un
maratón, por ejemplo, intentando darle sentido a un castigo físico
absurdo. “Ahora”, me digo, “ahora que estoy reventado es cuando
tengo que apretar.”
Bien
pensado, las palabras de Perico alcanzan una profundidad mayor. Dolor
y esfuerzo. Aumentar la fuerza en el momento de mayor sufrimiento. No
hace falta hablar de piernas cansadas. Qué va, hombre. Uno se
recupera de un maratón al día siguiente. O, como mucho, una semana
después.
Pero
hay dolores que duran más, esfuerzos que desgastan sin tregua,
situaciones que te ponen a prueba día a día. Como los desgraciados
que nos levantamos cada mañana sin trabajo estable, fijo o como
quiera que se llame. Y nos ponemos a revisar el currículum por
enésima vez intentando descifrar dónde está el fallo. Como si
hubiese un fallo que descifrar. Y no se puede bajar los brazos. Hay
que seguir pedaleando cada día y, si puedes, incluso con más
fuerza.
Como
los que reciben una patada en la entrepierna. A traición, sin aviso.
Y se convencen de que no es una putada, sino una oportunidad de vivir
una nueva experiencia. Y lo hacen con tanta determinación que
terminan por contagiarte su confianza. Y se animan y se ponen de pie
y caminan y aceleran.
Como
esos amigos que pierden familiares y reaccionan diciéndote que hay
que disfrutar la vida. Que ésa es la idea. Continuar hacia adelante.
Encontrar fuerzas cuando más duelen las piernas.
Como
Edu Schell, que se quita la toga de bonvivant y se pone el traje de
superhéroe. Para salvar a su hijo. Y encuentra fuerzas para
enfrentarse al abismo y movilizar a los gigantes más grandes, a todo
el universo del deporte, buscando #medulaparamateo
Perico
Delgado tenía razón. El momento de apretar los dientes y atacar es
ahora. Cuando más duelen las piernas, cuando duelen de
verdad, sólo quedan dos opciones: sentarse y resoplar o ponerse de
pie y dar todo lo que te quede dentro.
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