viernes, 6 de mayo de 2016

EL TALENTO NO EXISTE

El talento, según el diccionario, es inteligencia y aptitud, la capacidad para entender y desempeñar algo. El talento es una virtud que se atribuye a alguien desde fuera, una fascinación intangible y subjetiva. En ciertos casos, se habla del talento como un don divino que se otorga a los elegidos para el bien de su comunidad. 

Es decir, que el talento es una proyección de los demás sobre personas concretas, una cuestión de fe.

Creo que el talento no existe en el deporte. Y mucho menos en el baloncesto, que es lo que ha absorbido mi vida durante los últimos años. 

Tengo el privilegio de haber entrenado esta temporada a un equipo excepcional. Un grupo ejemplar con virtudes extraordinarias. Pero diría que no he visto el talento por ningún lado.

Sí he visto jugadores que llegan una hora antes de que empiece su entrenamiento. Y siguen con un balón entre las manos una hora después de que termine. También he visto a quienes doblan sesiones de trabajo el mismo día con dos equipos y quienes preguntan si pueden ir al pabellón cuando el resto está descansando. 

Y al final son mejores. No mejores que los demás, sino algo mucho más complicado: son mejores que ellos mismos.

Tipos que pelean con intensidad cada minuto. Sea un entrenamiento o un partido. Que se frustran cuando fallan un tiro. Incluso cuando piensan que nadie les mira. 

Gente que lo intenta hasta conseguirlo. 

Como si un fallo, un error, una derrota sólo fuese una nueva oportunidad. Para volver a intentarlo. Hay jugadores que siempre quieren aprender. Te preguntan cómo pueden mejorar y, lo que resulta más fascinante, escuchan la respuesta.

Ha habido quienes me han engañado para jugar enfermos, lesionados, cojos. Porque querían estar en la pista con sus compañeros, porque renunciar a jugar es un modo de fallar al equipo. 

Cualquiera que haya estado en un vestuario lo entenderá.

Jugadores que nunca se rinden, que no conocen la paz. Que compiten cada día, cada minuto, cada jugada, cada balón. Que luchan hasta el final los partidos fáciles, los difíciles y hasta los que parecen imposibles.

Niños que se han hecho mayores en la pista. Pasar de no controlarse sí mismos a liderar un ejército. Aprender que uno no puede elegir ciertas cosas en un equipo, que son los demás quienes lo hacen por ti. Asumir que tus compañeros te buscarán con la mirada cuando el cielo se oscurezca, esperando algo, una señal, un grito que les empuje a seguir peleando.

Porque otorgar un don divino por el bien de la comunidad no es una cuestión de talento, sino de liderazgo.

El talento, etéreo por naturaleza, se vaporiza sin constancia en el trabajo, sin lucha dentro de la pista, sin asumir la responsabilidad que conlleva ser parte de un grupo. En baloncesto, el talento no puede existir si no está al servicio del equipo.





No hay comentarios:

Publicar un comentario