Sigue lloviendo. El
ayuntamiento es un edificio de la época victoriana rodeado de césped que ocupa
una manzana en el centro de Belfast. Llegamos puntuales.
Entramos en el recinto
del City Hall. Pasamos de un guardia de seguridad a otro. Seguridad con traje y
corbata. Somos los del baloncesto. Nos invitan a pasar. Nos abren las puertas. Nos
acompañan. Cada paso que damos es más alucinante. Avanzamos por un palacio de
mármol, vidrieras de colores, lámparas que cuelgan del techo y suelos con
alfombras de lana y seda.
Un palacio. Como en los
cuentos.
Al final resulta que todo
es verdad. Que hemos participado en un
torneo de baloncesto en Irlanda. Que hemos jugado contra Dublín, Belfast y la
selección irlandesa. Que estamos en una recepción en el City Hall.
Entramos en el Banqueting
Hall, la sala reservada para comidas oficiales. Hay varios cuadros homenaje al
Titanic en las paredes. Como en toda la ciudad. Una extraña mezcla de orgullo y
tristeza.
Nos sentamos. Allí están
todos los equipos que han jugado este fin de semana. Nuestras chicas son las
más elegantes. Sin duda. Ellas se distribuyen en dos mesas. A José Juan y mí
nos llevan hasta el lado opuesto del salón.
Nuestro sitio está con los
anfitriones. Como sentarse con los recién casados en una boda. Breda me
pregunta por nuestra MVP. Le pido esa segunda opinión de otras personas. Intervienen
dos entrenadoras que han estado por el Methody ese fin de semana.
“Nos ha gustado mucho la 7”.
Sorpresa. No tenemos 7. Se lo explico con amabilidad, pero ellas insisten. “Sí,
la 7. Mara.” No es una sorpresa. Ha competido cada minuto. Además ha tenido
momentos brillantes, espléndidos. La llamen como la llamen. Le pongan el número
que le pongan. No es una sorpresa, pero me hace ilusión que se lo den a ella.
Breda me pregunta también
el nombre de la chica que ha metido el triple decisivo. Tienen un premio para
la mejor canasta del torneo y en esto hay unanimidad.
Son detalles, pequeños
detalles, pero cada uno de ellos me parece más bonito que el anterior.
La cena no es un gran
banquete. Han preparado un buffet para que cada uno llene su plato como quiera.
Como la gente no se abalanza a repetir,
lo retiran relativamente rápido. Pasamos al postre, al té y a los discursos.
Lo primero que hacen es
darnos las gracias por venir. De nada, supongo. La lista de agradecimientos es
larga. Luego entregan las medallas. Primero, como es lógico, a nuestras chicas.
Después va el resto de equipos. Ese ha sido el orden todo el fin de semana.
Me divierte pensar que,
en un momento dado, nombrarán a Mar y a Mari Cruz para darles sus galardones.
Ellas no lo saben. Las posibilidades son múltiples: que las pillen comiendo el
postre con la boca llena de migas de chocolate, que no se enteren, que se
pongan rojas de vergüenza o todo a la vez.
Disfruto especialmente
ese momento de espera. En un fin de semana de sorpresas, esta es la única que conozco
de antemano. Un sueño. Un recuerdo.
Mar recoge su premio con
una parada en dos tiempos: recibe el trofeo, lee el juego y vuelve a su silla.
Mari Cruz opta por una puerta atrás: pie exterior, recoge premio y salida
explosiva otra vez hacia su sitio.
Al terminar la ceremonia, voy hacia Breda. Le doy una camiseta de Molina Basket y una placa
conmemorativa de nuestro ayuntamiento. Todo me parece poco.
Antes de salir del City
Hall, el trofeo de Mari Cruz cae al suelo. Se estrella contra el único espacio
sin moqueta en el palacio y se convierte en trozos de cristal.
Esas cosas se rompen.
Otras duran para siempre.
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