Antes del último partido,
Breda nos reúne a José Juan y a mí para decirnos que hay que elegir una MVP por
equipo. Él y yo nos miramos. Es una decisión difícil. Dudamos. Breda nos ofrece
consultar después del siguiente encuentro con otros entrenadores. Una segunda
opinión. O tercera. Nos parece correcto.
Quince minutos antes del
último partido, vemos a las chicas de la selección de Irlanda calentando.
Llueve fuera. Ellas corren por los pasillos. Suben y bajan escaleras. Para
ellas no es un amistoso. Se nota. En junio tienen competición y saben que se
juegan un sitio en el equipo.
Nuestras chicas están
agotadas. También se nota. La cabeza y las piernas han perdido la sintonía. Aguardan
el partido como quien espera un autobús en invierno. Golpeando el suelo con los
pies para que no se congelen.
El autobús llega puntual.
Vestido de blanco y detalles verdes. Es el encuentro más raro, más rápido y más
impreciso de todo el fin de semana. Lo intentamos, pero fallan las conexiones.
La cabeza, las piernas, las manos. La respiración.
Cuando nos damos cuenta,
el autobús ha pasado y seguimos sentados en la parada. Con las manos en los
bolsillos y mirando al suelo.
Las chicas recuperan la
sonrisa en cuanto pitan el final. Me alegra ver eso. Las jugadoras de Irlanda
les regalan unas insignias con su bandera. Se saludan como si fuesen amigas de
toda la vida.
La mujer de la cafetería
entra en la cancha y llama a Sabela. Le trae una bandeja llena de
dulces. Más grande que la del día anterior. Más preparada, menos improvisada.
Sigue lloviendo. Nos
trasladan rápido al hotel. Son las dos y media. A las cuatro tenemos la cena en
el City Hall.
El conductor es Joe, es
Charlie, es Geraldine, es Kathy, es Keira, es Ashley, es John. Es cualquiera.
Pienso que es domingo por la tarde y esta gente nos hace de chófer con la mejor
sonrisa. Personas diferentes, igual de amables.
Hay que ducharse rápido. Nos
esperan en un palacio.
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