Son las seis de la tarde
del sábado. Cogemos el autobús para ir al centro y cenar algo. El 9A es el
típico bus británico de dos plantas. Subimos los quince y me dan un ticket de
más de dos metros de largo.
Como es lógico, ocupamos
la parte superior. A partir de ese momento, siempre será nuestra. El viaje es
rápido. Belfast es una ciudad grande, pero ya es tarde para ellos. No hay
tráfico y en un cuarto de hora estamos en el City Hall.
Ahí cenamos mañana. Es un
palacio de la época victoriana. Las chicas lo habían visto en fotos, pero su
reacción es diferente cuando se lo encuentran por primera vez. Una reacción en
cadena: asombrarse, desenfundar móvil y hacerse un selfie. Entiendo que es lo
máximo.
Paseamos por Donegall Place. Castle Place. High Street. Queen's Square. Típica ruta por las calles
principales. Todavía no son las siete y la mayoría de las tiendas están
cerradas. Nosotros no hemos cenado y la ciudad se prepara para dormir.
Sigue sin llover y
hay que aprovechar para caminar. Nos acercamos al distrito del Titanic, cerca de los muelles, del
mar. Encontramos una sardina que tardará mucho tiempo en olvidarnos. Un cartel
indica que está prohibido subirse a ella. Cuando lo leo, ya hay ocho chicas
montadas en su lomo. No pasa nada. La ciudad se duerme y apenas hay gente.
Cruzamos el puente y
recorremos el río Lagan hasta casi la desembocadura. Se hace de noche y empieza
a hacer frío. Nos metemos en un centro comercial frente al Museo del Titanic.
Son las ocho, pero parece medianoche.
Terminamos cenando en el Pizza Hut todos juntos. En el último trozo de su pizza familiar, Alba encuentra
una mosca y le sale gratis. Hasta en eso podemos pensar que tenemos suerte.
De vuelta al City Hall
para coger el autobús, la ciudad ha cambiado. Es noche cerrada y por la calle
deambulan seres extraños. Estamos en las calles principales, pero la ciudad
duerme y sólo quedan despiertos los especímenes urbanos más particulares.
Incluso el McDonald’s más céntrico parece un lugar diferente.
Miro el reloj. Apenas son
las diez, pero ya es el momento de regresar al hotel.
Volvemos a apropiarnos de un autobús. La parte de arriba es nuestra. Las chicas la lían parda. Cantan y corean el nombre de cada pasajero. De todos, menos de uno, que lleva un palo. Hacen la ola.
Nadie diría que llevan tres horas de sueño y tres partidos.
Además, consiguen algo
increíble: todo el mundo es feliz en el autobús. Las personas que suben al bus
sonríen e, incluso, cantan con ellas. Ahora la ruta es 9C y el recorrido es más
largo. Más tiempo de espectáculo. Momentos hilarantes.
Disimulo para que no me
vean llorando de la risa.
Oigo a Ascen decir “tía,
cuando lo contemos, no tendrá tanta gracia” y pienso que tiene mucha razón.
Al llegar al hotel, me
espera una gran sorpresa. Breda me llama para comentarme que a primera hora de la mañana
habrá un partido de la selección de Irlanda junior contra el equipo senior de
las Ulster Rockets y que le gustaría invitar a alguna de nuestras jugadoras.
Y me pregunta qué me
parece. No sé cómo se dice “la hostia” en inglés, así que sólo respondo
“brilliant”.
Desde nuestra habitación
en la planta baja, oigo los pasos de las chicas en el piso de arriba, las
carreras y el cuchicheo de esas reuniones clandestinas en plan “todas en una
habitación”.
Esa noche, a pesar del
cansancio, me cuesta dormir. No paro de pensar en los partidos del día
siguiente. Ilusionado.
Y eso que yo no juego.
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