Tres horas de sueño y
arriba. Tres partidos por delante en las siguientes ocho horas. Se dice rápido.
Las chicas aparecen en el desayuno con mejor cara de la esperada.
Los nervios son el mejor
despertador.
Desayuno. Zumo de naranja
en polvo en vasos pequeños. Té rojo con toda la fuerza que pierde en café en
esas tierras. Tostadas y cereales, la mayoría. Alguna vacía la bandeja de
croissants en la primera barrida. Otras se arriesgan a pedir un típico desayuno
irlandés. Huevos, bacon, alubias,… A esas horas, yo no puedo ni mirar esos
platos.
Volvemos a tener cuatro
coches en la puerta a la hora prevista para salir hacia el pabellón. Son personas
diferentes, pero igual de amables. Nos miman.
Recorremos un par de
millas en un barrio residencial, lleno de universidades y colegios de pago.
Estamos en una buena zona. Se nota.
No vemos el sol. No lo
veremos en esos días. Al menos no llueve. Todavía. 20 grados y nubes. La gente
nos dice que tenemos suerte con el clima.
Llegamos al Methodist
College.
Nuestro primer rival son
las anfitrionas. Ulster Rockets. El equipo de Breda. Son más grandes. Son más
fuertes. Son más duras. Es otro baloncesto.
Hay más contacto, más
empujones, más lucha, más imprecisiones. Más caos. Los golpes de cadera no son
falta. Tampoco hay falta en la lucha por el rebote. Ni en los balones
divididos. De hecho, prácticamente no hay faltas.
No existen los pasos de
salida, excepto si los hace Mar. De todas las cosas que ella les enseña ese fin
de semana, eso es lo único que los irlandeses no aprenden. Ángela, en cambio,
juega feliz. Tiene momentos de iluminación en los que parece capaz de todo.
Nadie protesta. Ni
jugadores, ni entrenadores ni público. Entonces se deduce que eso es normal.
Algunas chicas tenían
miedo de que nos pasasen por encima. Pero no es así. Nos vamos seis abajo al
descanso (24-18) y con la sensación de que lo podemos hacer mejor. La distancia
se mantiene hasta el último cuarto, pero las imprecisiones hacen imposible
acercarse. 48-37 y pensando en una posible revancha.
Luego esperan las
Killester de Dublín. Es otra historia. Sólo hay que verlas calentar. Un equipo
profesional hecho para ganar el campeonato de Irlanda. Breda nos cuenta que las
dublinesas están probando a una americana para ficharla.
Sin tiempo de
recuperación contra un rival de otro nivel, de otro planeta. Y sin embargo
sucede lo inesperado. El primer cuarto es impecable. A falta de 40 segundos
para el final de ese período, las Killester tienen que pedir tiempo muerto. El
marcador es 8-8.
A partir de ahí, las
irlandesas pisan el acelerador. Mucho. Parcial de 23-3 y a otra cosa, mariposa.
Es lo que hay. Para eso estamos ahí, para ver cosas nuevas. Para disfrutar de
ese nivel de competición.
El tercer partido, tras
dos horas de descanso, es contra las junior de Ulster Rockets. Tendría que
haber sido contra Galway, pero no han venido. Aplazamos el duelo para la
próxima visita.
Vamos a ganar. Se ve
desde el primer momento. El equipo está mucho más concentrado y se cometen
menos errores. Las chicas están tan metidas en el partido que aprenden que el cambio en inglés se pide
diciendo “Sub”.
Nos pegan igual, pero la
presión no es la misma. Siempre delante en el marcador. Es un partido bonito.
Al menos para verlo. Imagino que también para jugarlo. Final, 34-42.
Habrá que dejar escrito
que José Juan Piqueras dirigió el primer partido que un equipo de Molina Basket
ganó en Irlanda.
Ganar no es lo más
importante, pero mejora el día.
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