Al acabar la cena en el City Hall,
empieza la final del Eurobasket. España-Lituania. Las chicas quieren verlo,
pero en Belfast no es tan sencillo. Hay fútbol gaélico, rugby y hurling esa
misma tarde. El baloncesto se ve a través de una taquilla en un canal de pago;
las páginas web españolas que lo ofrecen están censuradas por los derechos de televisión.
Pinta mal la cosa. Breda
propone que vayamos a todos a su casa y verlo allí. Pero le explican que
tendría que estar abonada al canal y eso es imposible de gestionar un domingo
por la tarde. Ella no se rinde.
Se ofrece a llevarnos al
hotel para hablar con el director y hacer que nos lo pongan en un proyector.
Breda moviliza otra vez cinco coches para que nos trasladen.
Sigue lloviendo.
En el hotel, Breda lo
intenta, pero es imposible. No hay forma de conectar. Desde España nos informan
de que el partido va bien, que vamos ganando en el descanso.
A Sabela se le ocurre
hacer un FaceTime con su casa: colocar un ordenador frente a la televisión de
sus padres y verlo a través de una tablet. Funciona. Más o menos.
Su hermano Dani es
nuestro cámara. Hay veces que no sabemos cómo van o si el tiro ha entrado. Pero
estamos todos allí, reunidos en torno a una pantalla viendo a Pau Gasol conquistar
Europa.
Como una familia
alrededor de una chimenea.
Es la tercera vez que
España gana el Eurobasket en pocos años. Antes esto no era así, pero ellas no
lo saben. Es el tipo de cosa que aprendes a valorar cuando pasa el tiempo.
Salimos a cenar por el
barrio. Es una zona residencial, muy tranquila. Son las ocho de la tarde. Todo
está cerrando. El tipo del Subway nos apaga el letrero de “Open” en la cara.
Compramos chocolatinas y Coca-Cola de color verde en una gasolinera. Cenamos hamburguesas y
patatas fritas en un fish and chips donde no queda pescado.
Sigue lloviendo.
De vuelta al hotel,
alguna empieza a darse cuenta de que al día siguiente regresamos a casa.
Son las nueve y media,
pero la cafetería del hotel ya está desierta. Pronto cerrará. José Juan, Alba,
Mari Cruz y yo nos sentamos en los sofás con tapicería retro de recepción.
Escuchamos las carreras y
las risas de la planta superior. Son ellas. Son las nuestras. No hay duda.
Están jugando a las cartas o al escondite o a bailar hasta caerse de espaldas
sobre una mesa.
Es Bea, es Ascen, es
María (cualquiera de las dos), es Ainhoa, es Mar, es Ángela, es Sabela. Incluso son Silvia, Elena y Lucía, aunque parezcan más calladas. Son todas
porque (aunque ellas no lo saben) todavía son demasiado jóvenes.
Pronto dejarán de serlo y
recordarán días como éstos.
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